Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Un ejercicio enteramente especulativo permite dejar en claro que Santiago está ex- puesto a un doloroso proceso de degradación, si no se pone atajo a las nocivas acciones que estallan sin aviso en cualquier punto del damero de la ciudad. Se demuestra que el centro histórico pudiera convertirse, por una parte, en un museo habitado si no se orientan oportunamente sus acciones. Por otra, puede llegar a ser otra ciudad con mínimas huellas de lo que fue, si se desconocen sistemáticamente sus méritos arquitectónicos y urbanos. Y es que, a diferencia del europeo, el hombre americano apenas ha tenido tiempo de instalarse en su medio y por eso no aprecia la geografía y el medio que le circunda. Al decir de Heidegger, el "habitar" es el fundamento mismo del ser humano, el modo en que expresa su humanidad; mientras no habita no echa raíces, y mientras no enraíza, no vive 2 • Ha pasado poco más de un siglo desde que Santiago tuvo su primer tranvía, en 1900, y dos años después su primer automóvil; aún no familiarizados con esos monstruos de acero, una ley de 1903 los obligaba a circular a una velocidad de 14 kilómetros por hora y a tocar el claxson en todas las esquinas. Hoy en día el automóvi l es indisociable con la vida del hombre contemporáneo y se ha convertido en el indiscutido protagonista en todos los proyectos arquitectónicos y urbanos. El futuro de Santiago es extraordinariamente incierto en materia de imagen. Los vacíos y ambigüedades de los instrumentos legales vigentes dejan a la intemperie el pa- trimonio consagrado como valioso. Se sabe que, amén de las disposiciones normativas de todo orden, la voluntad de las autoridades juega un papel determinante en el desarrollo de las ciudades. Gracias a su temprana consolidación, la ciudad, en algunos fragmentos centrales, ofre- ce una rica gama de espacios de promisoria potencialidad, aún intacta. Existe un buen número de obras de notable calidad arquitectónica cuyos autores estuvieron mucho más comprometidos con el buen resultado colectivo que con su gloria personal o la de los mandantes. Este paisaje - es justo hacerlo presente- es consecuencia del Plan Regulador de Santiago de 1934, ideado por Brunner. Se estructuró la imagen misma de la ciudad: una estricta línea de edificación, fachada continua y una altura más o menos homogénea de 25 metros (equivalente a los ocho pisos que predominan en Europa), adecuada, por lo demás, a la traza de calles estrechas y a las posibilidades que permite una tierra asidua- mente visitada por los sismos 3 . No hay más remedio que reconocer, sin embargo, que el patrimonio arquitectónico viviente de Santiago es bastante magro. La escasa presencia de edificios representativos del periodo colonial y republicano tiene su explicación en las frecuentes catástrofes na- turales. Conviene tener presente que durante más de tres siglos en Chile se construyó exclusivamente con adobe, tabiquería y tejas. Una buena parte de los edificios que con- forman la nómina de los monumentos históricos pertenece al siglo XIX, comenzando con la Real Audiencia (José de Goycoolea, 1804), para finalizar con el Portal Edwards (Carlos Barroilhet, 1899), demolido en 1986. 2 3 Eduardo Sabrovsky, La critica de Emmanuel Lévinas a la concepción del lzabirar en Martín Heidegger. http://ww\.v. sciclo.cl/pdf/a rq/n62/art15.pdf Scbastián Gray Avins, Fragmenros urbanos, en "Santi ago Centro un siglo de transformaciones", Ilustre Municipalidad de Santiago, Dirección de Obras Municipales, Santiago, 2006, p. 68. 316

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