Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Bernardo O'Higgins-, se constituya en una explanada continua, que incluya la Alame- da y se prolongue hacia el sur, hasta encontrarse con el parque Almagro. Se propone, en definitiva, que la Alameda, surcada por diagonales de tratamiento vegetal, est é siempre dispuesta para el encuentro de los ciudadanos 161 . LA AUTOPISTA CENTRAL (EX AVENIDA NORTE-SUR) Esta obra corresponde, sin duda, a aquel nivel de intervención que influye poderosa- mente en el entramado de la ciudad. Se trata de un tajo brutal que corre de norte a sur y que escinde el núcleo central de Santiago - la Alameda incluida- en dos sectores. La desarticulación es rotunda y, lo que es peor, irreversible. Este ejemplo demuestra que no solo son determinantes las intervenciones que invo- lucran modificaciones o adiciones a lo construido: también pueden serlo las sustracciones -o detracciones-, como ocurre con la Alameda: las dos fachadas enfrentadas han perdido un importante segmento, lo que ha redundado en su pérdida de inteligibilidad. Por cierto, esta operación, más que asociarse al campo de la construcción de la ciudad, se aproxima a sus antípodas: a la destrucción de la misma. Se ha resuelto un problema vial, sí. Pero el precio ha sido la creación de un problema arquitectónico hasta hoy insoluble, derivado de la indiferencia de las autoridades por el escenario urbano y por las huellas de su historia. La colisión entre la propuesta y la preexistencia es -literalmente- demoledora. Lo desolador es que se ha actuado en un área históricamente estructurada, en un fragmento urbano cualificado por una arquitectura clara y dotada de una franca unidad. Definiti- vamente, en ese tramo, la Alameda -y parte importante del damero de la ciudad- , ha perdido su continuidad y su sentido. La tranquila calle Castro, ortogonal a la Alameda, fue borrada íntegramente para dar paso a la Autopista Central, perdiendo de golpe toda su edificación homogénea y sencilla, mayoritariamente de un piso. Predominaban los muros de adobe y las cubiertas de teja. A cambio de esa fisonomía, han surgido edificios aislados, sembrados con más anarquía que concierto. Con seguridad, esta intervención no es la mayor que se haya hecho en Santiago: ni siquiera se trata de una superficie lo que se ha afectado: es más bien una línea, el engro- samiento de una arteria en el complejo organismo que es la ciudad. Pero su irrupción por la Alameda y una parte del núcleo central es tan destructiva que su efecto expansivo es ilimitado. La ciudad ya no es la misma; y el cauce de la Alameda ha ganado para sí dos caries gigantescas -una al norte y otra al sur- que no admiten solución. Quien marcha en vehículo por alguno de los carriles de la Alameda, sobre todo a gran velocidad, es probable que no advierta la ruptura de la continuidad figurativa de sus fachadas. Pero al peatón es imposible engañarlo: el vacío se presenta como un colosal túnel de vientos, desde cuyas bocas emergen, como un burlesco telón de fondo, algunos edificios producidos por la urgencia inmobiliaria. 11• 1 http://www. undurragadevcs.cl/es/critica. html 297

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