Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

que el edificio original se conviert e en accesorio. El "Hotel Diego de Almagro" se alza con arrogancia desde las entrañas del antiguo palacio, aceptando solo la corteza equi- valente a los dos primeros niveles. Es cierto que el nuevo edificio se acoge normati- vamente a las exigencias municipales y se mantiene dentro del perímetro establecido por el inmueble histórico. Pero, ¿por qué no reconocer que también existía un límite virtual en la altura, que está dado por la continuidad de la edificación próxima? Se ha asestado a la manzana la irreversible ruptura de un orden y una estructura espacial que había identificado el lugar durante siglos. Un atenuante pudiera considerarse la presencia más o menos cercana de la torre Entel, que se yergue rompiendo la horizontalidad predominante de la fachada norte de la Alameda. Pero hay que reconocer que este esbelto cuerpo emerge en medio de un vacío -que se ha ido llenando por insaciabilidad inmobiliaria- creado especial- mente para el efecto. Bien se sabe que esta obra de Eduardo Provasoli recibió, sobre su ya descuidada materialidad, el castigo severo del terremoto de 1985, amén de un posterior incendio. Su condición de Monumento Histórico le permitió resistir, a pie firme, durante los años siguientes, las amenazas de una demolición definitiva. Hasta que en 1995 ter- minó de materializarse el proyecto que rescata la caja muraría envolvente, en cuyas caras sur y poniente se preserva una buena parte de su identidad morfológica. El cam- bio de destino ha implicado una operación de vaciamiento drástico, lo que algunos llaman la técnica del calabacín relleno 150 . El interior se renueva, concretándose como un espacio moderno. La sobriedad del tratamiento de fachadas del ex Palacio Rivas -marcada por su geometría neoclásica- se contradice con el grandilocuent e gesto del edificio nuevo, levemente morigerado por el retranqueo. Y aunque este procura someterse al espíritu urbanístico de su entorno inmediato, no resuelve el problema volumétrico. El exte- rior se somete a una doble disciplina: la que señala la cáscara del edificio original -pie forzado de poderosa identidad en la visión próxima- y la que deriva de su condición de hotel, obligadamente referencial a la distancia. El lenguaje arquitectónico del Palacio proviene de las relaciones que se establecen entre los diversos elementos del repertorio neoclásico y neorrenacentista: pilastras, comisas, molduras, relieves. Se trata de un ordenamiento simétrico de la fachada en dos niveles. El nuevo edificio se independiza de la cáscara histórica, retirándose lo suficiente como para cumplir con la ordenanza municipal. Al elaborado diseño de la fachada antigua se opone un lenguaje de piel lisa. Pero el pretendido efecto de neutralidad es anulado por la complejidad del volumen, que combina caras rectas y curvas y se escalona arbitrariamente. La volumetría simple del Palacio - un ortoprisma de presencia maciza- se constituye en el basamento del nuevo cuerpo. Aun cuando se actuó echando mano a la indagación analógica sobre los paramen- tos originales -se advierte preocupación por recomponer el repertorio de elementos figurat ivos de Provasoli- el tratamiento presenta algunas indefiniciones: antiguas ven- 150 Francisco de Gracia, op., cir., p. 200. 291

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