Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
el homenaje estatuario. El hombre aislado no conoce la verdadera alegria que el espíritu fraternal comunica para tratar del bien de cada uno, decía este hombre de mediados del siglo XIX, cuya estatua lleva un viejo manuscrito que se podría interpretar como un grimorio medievall 42 . Más allá, entre Mac Iver y Arturo Prat, las estatuas de otros tres hombres completan esta estirpe de pensadores: Diego Barros Arana, al costado de la Biblioteca Nacional; Andrés Bello, en el frontis de la Universidad de Chile; y Miguel Luis Arnunátegui, a un costado de esta casa de estudios. A Barros Arana no le queda más opción de paisaje que las vistas de unos carteles publicitarios que coronan las tiendas de la vereda sur. El ex Rector de la Universidad de Chile, Andrés Bello, debe conformarse con fijar la mirada en las puertas giratorias del Banco del Estado. Arnunátegui, en tanto, marginado en el extremo oriente de la casa, parece no concentrarse bien en el dictado de sus razones. Inaugurada en mayo de 1872, la estatua de Bernardo O'Higgins preside la explana- da a la altura de la Plaza Bulnes. "Desprecio ahora la muerte, como la he despreciado en el campo de batalla" y "No me queda más que un brazo, pero con él decidiré los destinos de la patria", son citas inscritas en su pedestal de mármol. La una alude a su abdicación a favor de la Junta presidida por Zambrano. La otra recrea las palabras que pronunciara tras la batalla de Maipú. El general Manuel Bulnes, situado enfrente, se mantiene inconmovible sobre su caba- llo de traza normanda. Su estatua es también un homenaje de la Caballería del año 1943 al que fuera Presidente de Chile entre 1841 y 1851. "Los muertos serán ejemplo vivo del poder de la Justicia y del Derecho cuando el soldado ha olvidado que tiene un corazón ciuda- dano que le manda poner sus armas al servicio de la Constitución y la Ley", advierte Bulnes. Arturo Alessandri Palma, por su parte, con mirada adusta y gesto autoritario, preside la plaza sur de La Moneda. En abril de 1978 se creyó conveniente instalar un moai -en tamaño reducido- a la altura de la calle San Martín. "La distancia no aleja a los chilenos", se lee al pie del remedo polinésico. Obviamente, esto no importuna la apacible presencia de los generales Freire y Mackenna, localizados un poco más hacia el poniente; generales que debieron reconocer en el uruguayo José Artigas un ejemplo de abnegación y patriotismo con alcances conti- nentales. Entre tanto hombre ilustre, el transeúnte no dejará de admitir que dos maestras obras del escultor chileno Samuel Román confieren al paseo una pausa delicada. Muy pronto, sin embargo, la seguidilla de próceres continúa: la figura de Ignacio Carrera Pinto (iden- tificado con caligrafía manuscrita a falta de una placa), y La Batalla de la Concepción, de 1882, sintetizada en la piedra y el metal del homenaje que le brindara el Cuerpo de Bomberos de Santiago, cien años más tarde. De nuevo el escultor Héctor Román inscribe su nombre en la escultura de José Mi- guel Carrera, unos pasos más adelante. Bajo los álamos, se aprecia al británico George Canning y a Carlos Walker Martínez. 142 http://www.elperiodista .cl/ncwtcnberg/ l 596/printer-58582.html 285
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