Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
cial y de servicio: abundan las bodegas, los talleres, los locales de venta de repuestos de automóviles. Dicho en palabras distintas, el proceso de deterioro de la Alameda se debe, sobre todo, a factores de tipo funcional y económico. Pero, sobre todo, normativo. Ciertament e, no tiene sentido proponer soluciones genéricas para toda la avenida. Dada la gran longitud, cada segmento t iene sus leyes propias y de ellas habrán de derivar las propuestas. Ordenar hoy día la Alameda no significa procurarle una homogeneidad a ultranza: nada más lejos de una solución realista. A la ciudad hay que dejarla ser y una vez que haya encontrado su propia vocación, entonces merece la pena encauzarla. Los tota- litarismos formales podrían ser mucho más graves que la dispersión heterogénea de volúmenes. Se trata de conseguir, en la medida de lo posible, un orden orgánico, fruto de la espe- cial morfología de la Alameda y de la estructura de sus tramos. Un orden que reconozca y haga suyos los valores espaciales tradicionales para integrarlos a las transformaciones contemporáneas. Un orden que reconozca las huellas de la Alameda y las estampe en la nueva imagen que persiguen autoridades y consorcios inmobiliarios. Que capitalice el eclecticismo formal que campeó en el siglo XX. Pero que sea capaz, por encima de todo eso, de armonizar sus segmentos disímiles. ¿Y la franja central? La Alameda fue, antes que otra cosa, un paseo. Un paseo amplio y tranquilo; sin duda, el más concurrido de la capital durante las primeras décadas del siglo XX. Dos angostos caminos para carruajes y caballos lo flanqueaban. Pero el incremento del tráfico vehicular inevitablemente ha significado aumentar el número de carriles y, por consiguiente, un estrechamiento de la banda central. El proceso de deterioro ha sido lento, pero inexorable: las veredas se hicieron insu- ficientes para contener el cada vez más caudaloso tránsito de los peatones. Asimismo, el paseo central, amén de reducir drásticamente su ancho y su verdor, resultaba casi inacce- sible por la interposición de las vías de circulación vehicular. Las estatuas sembradas en su eje estaban entregadas a su propia suerte 14 1 . En 1974 las obras del tren metropolitano ofrecían la gran oportunidad de rediseñar el trazado superficial de la Alameda. Sin embargo, tan pronto se completaron los trabajos subterráneos, el nuevo proyecto, en el tramo comprendido entre la Plaza Bulnes y la Ave- nida Ricardo Cumming - unas 10 manzanas de extensión- , no hizo sino reponer lo que hubo antes. Así, la faja central donde se alinean las estatuas no es otra cosa que una cinta separadora de los carri les que corren en sentidos opuestos. La solución adoptada significó, pues, el sacrificio definitivo de la mitad del ancho útil de la Alameda. La otra mitad, por su parte, resolvía, de manera precaria, las actividades peatonales y vehiculares. 141 Carlos Ali aga L., Proposición del Colegio de Arquitectos para remodewr la Alameda en el tramo Plau, 811/nes / Ave11 ida Cummíng, en Revista CA N º 12- 13 (Colegio de Arquitectos de Chile), Santiago, marzo de 1974, pp. 17-22. 283
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