Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
1975, sobre conservación obligatoria. En ambos casos su aplicación en relación con los inmuebles de carácter patrimonial que están en poder de particulares trae consigo una serie de situaciones conflictivas no previstas. ¿Cómo desarraigar los miedos que infunde una ley que amenaza con limitar el dere- cho de propiedad consagrado por la Constitución chilena de 1980? Si un edificio decla- rado "monumento" no puede ser demolido ni transformado por su propietario, y encima a este se le hace responsable por los daños que pueda sufrir, ¿qué esperanzas reales hay de crear una conciencia conservacionista 7 Lo esperable es un cúmulo de demandas ju- diciales en defensa del derecho de propiedad que, de seguro, resultarían muy difíciles de contrarrestar con argumentos que defiendan el "valor histórico". El arquitecto René Martínez 140 señala algunas debilidades de la ley en esta materia. Deja en claro, por ejemplo, que la declaratoria de Monumento Histórico constituye un serio perjuicio para el propietario, ya que el valor del inmueble se ve afectado y, por ende, su venta resulta muy hipotética, a menos que sea el Estado o la propia Municipalidad quienes se interesen por adquirirlo. Resulta ser, al final de cuentas, un acto discriminato- rio, por cuanto los dueños de los inmuebles colindantes pueden disponer libremente de su propiedad y aún incrementar su valor con nuevas construcciones. El problema se agravaría aún más si la reglamentación definitiva llegara a establecer algún tipo de limitación o servidumbre sobre la base de conjuntos armónicos, en función de la conservación de edificios que afecte a los propietarios vecinos. Parece indispensable intentar una exhaustiva clasificación de los edificios, de acuer- do con su valor histórico y arquitectónico, antes de emprender acciones que pudieran amenazar el patrimonio que aún sobrevive. Desde aquellos edificios de mayor valor, cuya conservación no merece duda alguna, hasta aquellos de interés más modesto, a los cuales solo cabe recomendar su conservación. Pero tampoco debe desestimarse la aplicación de una política de incentivos para esti- mular, en algún sentido, a los propietarios de inmuebles con valor patrimonial. Un avance se lograría si todos ellos recibieran tratamientos tributarios especiales o, al menos, ciertos mecanismos de compensación. El despoblamiento de algunos tramos y el desinterés de los inversionistas privados por localizarse en la Alameda responden a la inquebrantable apatía con que las autorida- des han enfocado el asunto. Y es que, para ellas, el problema de la Alameda ha sido pura- mente formal, escenográfico podría decirse. Cosmético antes que quirúrgico. Y es que la Alameda, hasta hace un par de décadas no revestía mayor interés para el inversionista. La prueba es que escasamente se construyó una docena de edificios entre Plaza Baquedano y Estación Central. Los sitios eriazos no sumaban menos de 40.000 m 2 de superficie. También es cierto que una buena parte de los edificios existentes no sobrepasa los dos pisos y, en muchos casos, el segundo nivel está desocupado o sirve de bodega al pri- mero. Es más: todavía quedan edificios de adobe de un solo piso, especialmente en las proximidades del encuentro Avenida Brasil/ Alameda. Su destino es netamente comer- 1 • 0 René Martínez L. , La Alameda de Santiago (a propósiro de t1n conrurso), en Rev ista AUCA (Arquitectura/ Urbanismo /Construcción / Arte) Nº 37, Santiago, 1983, p. 17. 282
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=