Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Las sucesivas demoliciones y las operaciones de reemplazo de edificios nuevos por los antiguos dejan entrever un nulo amor a la historia de la ciudad, a sus huellas, a su evolu- ción. ¿Es tan difícil aceptar las leyes de la arquitectura ya consolidada y ennoblecida por el tiempo, aceptar sus códigos morfológicos, sus ritmos, la calidad tectónica? A lo mejor el camino es endurecer la normativa, redoblar las exigencias. Obligar a realizar planos seccionales para cada uno de los tramos en los que se adivine la necesidad de renovación o, simplemente, la de conservación. No se trata de imponer a los arquitectos una plantilla que coarte su naturales y legítimas libertades. Pero, ¿por qué no unas cuantas disposi- ciones mínimas que garanticen algún grado de armonía para nuestra maltratada ciudad? Un ejemplo que parece pertinente consignar es un tramo de la fachada sur de la Alameda: se trata de la manzana limitada por las calles San Ignacio, por el oriente y Dieciocho, por el poniente. En esa manzana se construyeron tres edificios distintos, cada uno con su propia altura y estilo. Sin embargo, perceptualmente, se muestran como un todo. ¿Cuál es la explicación? ¿Dónde reside esa mágica capacidad de producir un efecto de unidad con elementos disímiles, propios de la expresión ecléctica de la arquitectura santiaguina? Simplemente que el ojo capta totalidades y es capaz de abstraer los detalles. Se sobreponen los efectos de ritmo por encima de las menudencias formales. Hay casos, sin embargo, en que una solución decorosa ya es casi inalcanzable. Y es que el problema se torna irreversible cuando se perpetran acciones no razonadas previa- mente. Se trata de acciones evitables, en la medida que exista voluntad para entender el proceso evolutivo de la ciudad. Independiente de la magnitud del tramo afectado, el impacto puede ser moderado o decisivo frente a la lectura del conjunto. A veces sería suficiente una mínima preocupación de las autoridades municipales, si se tiene la capacidad de anticipar el problema. En otros casos, el mejoramiento de la normativa local. He aquí algunos de los errores más perniciosos: • Ruptura de la continuidad entre edificios, dejando muros medianeros a la vista. Hay casos en los que un edificio de nueva planta se separa de los contiguos para mejorar sus condiciones de iluminación. • Aparición de edificios aislados en sectores consolidados. Peor aún si utiliza códigos morfológicos ajenos. Ejemplo: el edificio cilíndrico de Alameda esquina San Diego -"Reval"- cuyo efecto plástico desvirtúa la sobria homogeneidad que propone la Casa Central de la Universidad de Chile. • Colisión volumétrica y estructural entre edificios contiguos que sus autores justifican con el consabido argumento de que "actúan por contraste". Estos ejemplos abundan, por desgracia, y se caracterizan por enclavarse en los puntos donde hacen más daño. • Ruptura de la línea de edificación, creando quiebres en los planos de fachadas con- tiguas. Inexplicables retranqueos o saledizos en sectores consolidados contribuyen a producir efectos visuales muy desafortunados. • Transformaciones en los inmuebles, especialmente en las plantas bajas, que son las más apetecidas para convertirlas en locales comerciales. No es extraño encontrarse con palacios franceses montados sobre basamentos mutilados y a menudo enmas- carados de acrílico y neón o vaciamientos excesivos en favor de una mayor libertad funcional. 280

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