Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
Por otra parte se percibían, en alguna medida, los primeros anuncios de éxodo de la actividad residencial: muchas de las mansiones se constituyeron en sedes de instituciones culturales o de organismos del Estado. Otras tantas albergaban actividades de comercio. Así, por ejemplo, el Palacio lrarrázaval se convirtió en el Círculo Español; el Palacio Errázuriz, en la Embajada de Brasil. Y el Palacio Ross, en el Club Militar. Las de rango menor se transformaron en residenciales o pequeños centros de reunión social. Era el comienzo del deterioro paulatino que habría de afligir a buena parte de la edificación del centro de la capital. Muchos de esos inmuebles ya se han incorporado a la lista del obituario edilicio. Digamos que lo que pervive es más o menos reciente. Aparte de la Iglesia de San Francisco y el Palacio de La Moneda, ya no hay más exponentes anteriores al siglo XIX. De los inmuebles que se construyeron a partir de 1850 quedan muy pocos en pie: el edificio de la Universidad de Chile (Luciano Hénault, 1863); el Palacio Errázuriz, hoy Embajada de Brasil (Eusebio Chelli, 1872). Del Palacio Rivas (Eduardo Provasoli, 1896) solo se salvaron las dos fachadas expues- tas: la de Alameda y la de calle San Martín (luego de cobijar por varias décadas la "Ferre- tería Montero", ha tenido que padecer el vaciamiento para ser rellenado con el "Hotel Diego de Almagro"). También han sucumbido a la incontenible voracidad inmobiliaria, entre otros, el Por- tal Edwards (Carlos Barroilhet, 1899) y el Palacio Meiggs (Jesse Wetmore, 1864). Algunos de los edificios que todavía otorgan cierta dosis de identidad a la Alameda se erigieron durante los primeros lustros del siglo XX: el Palacio Irarrázaval (Alberto Cruz Montt, 1907), Alameda 1504 (Eugenio Joannon, 1905); el edificio de Alameda 1570 (Alberto Cruz Montt y Ricardo Larraín Bravo, 1908); la Biblioteca Nacional (Gustavo García Postigo, 1913-1 925); el Palacio Ross (Alberto Cruz Montt, 1917); el Club de la Unión (Alberto Cruz Montt, 1925); el Colegio de Arquitectos (Luciano Kulczewski, 1925) 138 . Aunque los mencionados edificios tienen un valor intrínseco, es importante su irra- diación en el contexto cercano, por cuanto imponen una escala y se rigen por ciertos cánones expresivos. Es un hecho que han influido en la arquitectura circunvecina, permi- tiendo que se produzca una armónica convivencia con ellos. El resultado es un conjunto de valor más ambiental que propiamente arqui tectónico. Por desgracia, aquellos inmuebles en estado ruinoso han cedido paso a construcciones utilitarias, autónomas y, en el mejor de los casos, han dejado su respectiva caries entre las fachadas, esperando un destino que, por lo general, termina siendo degradante. Sin duda, la segunda mitad del siglo XX marcó la definitiva ruptura entre la concep- ción neoclásica aún sobreviviente en Santiago y el nuevo orden urbano que acepta el cambio de escala y la irrupción de la tecnología naciente. Las dificultades arrecian cuan- do los órdenes se entremezclan sin concierto, agrediendo la continuidad y los principios regulatorios que antes ofrecían una lectura armónica. ¿Cómo evitar el inminente caos formal que va deshaciendo la ciudad con impiadosa persistencia? 13 " Fernando Riquelme S., 1996, op. cit., p. 49. 279
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