Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
SOBRE EL AUGE Y LA DECADENCIA DE LA ALAMEDA A finales del siglo XIX la antigua Cañada de Santiago, que después se conoció como Alameda de las Delicias, adquirió una fisonomía propia. Predominaban las residencias de dimensiones palaciegas destinadas a la aristocracia. Ese carácter la distinguió hasta mediados del siglo XX, dotando a la ciudad de una cierta armonía y unidad arquitectó- nicas que se conserva todavía en algunos escasos y deteriorados tramos. ¿A qué factores obedece este fenómeno? Es claro que a algunos elementales principios ordenadores: una relativa homogeneidad morfológica de la edificación, una relativa continuidad esti- lística, una dosis de afinidad cromática y tectónica. De hecho, eran pocos los inmuebles que superaban los dos pisos. Más escasos aún los que contaban con mansardas. Uno que otro, aprovechando su condición de edificio-esquina, exhibía una torrecilla o una cúpula. Al carácter unitario de las fachadas contribuía, además, la materialidad y los sistemas constructivos, que se sucedían sin grandes diferencias. Los principios de l'École de BeauxArts flotaban en el ambiente: una pléyade de arqui- tectos europeos los habían traído consigo desde Europa. La plutocracia emergente, por su parte, estaba ávida de consumir la estética neoclásica que ya se había instalado en el Viejo Mundo. Es preciso recordar que, durante el siglo XIX, la cultura francesa, especialmente en el ámbito de la arquitectura y el urbanismo, exhibe sin desinhibiciones su estética decimo- nónica. Una notable cantidad de arquitectos, urbanistas, ingenieros y paisajistas franceses transportaron en la valija su experiencia para desplegarla en el medio chileno. Este in- tercambio y adaptación, por cierto, también se produjeron en otros países americanos 137 . La Alameda se ofrecía como un amplio cauce verde para que pasearan las familias santiaguinas, especialment e las de rancio abolengo. Era el perfecto escenario para que allí se instalaran esas costumbres directamente adoptadas de Europa. Es curioso que a pesar de los continuos cambios que experimentaba la Alameda durante todo el siglo XX -emergían edificios nuevos en los terrenos baldíos y se reem- plazaban otros-, la continuidad se mantuvo. Se explica este fenómeno porque imperaba en ese momento un eclecticismo capaz de asimilar las diversas expresiones formales y estilísticas. Dicho de otro modo, la heterogeneidad era tal que la multiplicación de la diversidad otorgaba al conj unto una rara unidad. Seguro que ese factor influyó en la continuidad, amén de la insistencia en las técnicas constructivas tradicionales. Hasta ese momento el empleo de los mismos materiales y el trabajo de obreros con similar formación práctica entregaban un producto de carac- terísticas más o menos homogéneas. Hay que convenir, sin embargo, que a contar de la segunda mitad del siglo XX se advierten aires de cambio, que ya habían asomado con la construcción del Centro Cívico, instaurando una arquitectura de mayor escala y más parca en su expresión externa: los elementos ornamentales desaparecieron. 137 René Martínez L., Santiago, una ciudad inconclusa, en Revista AUCA Nº 50-51 (Arquitectura / Urbanismo / Construcción/ Arte), Santiago, 1986, p. 22. 278
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