Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

La distribución interna sufre alteraciones, el zaguán desaparece y la puerta cochera cumple las funciones de acceso de los nuevos tipos de vehículos. El hall central o vestí- bulo, a la manera de un atrio pompeyano, concentra la luz -cual si fuera un patio- por la amplia claraboya. Se extiende, pues, la concepción tripartita colonial de "cámara", "recá- mara" y "sala", y aparecen los salones, las salitas de recibo, los escritorios y las bibliotecas. Se agregan, además, las salas de música para los primeros intentos de ejecuciones de cámara . O bien, para el despliegue vocal de los divos de la ópera, habituales tertulianos de las familias distinguidas. Los palacios generalmente se desarrollaban en dos niveles más un zócalo y, en algunos casos, se agregaba un tercer nivel o mansarda. En su distribución interna los recintos se ordenaban a partir de un hall central. Est e hall -inmediato al acceso principal, de doble altura- estaba profusamente tratado en sus detalles y terminaciones. Era el espacio de mayor jerarquía. A partir de este recinto se distribuían y relacionaban las diferentes dependencias, pasando por sucesivos salones de diversos usos y características. El hall central estaba jerarquizado por sus proporciones y por un tratamiento espacial preeminente, realzado por iluminaciones cenitales a través de linternas, lucarnas o techos de vidrio, ricamente ornamentados. En diarios y revistas se describían con detalle estos palacios donde residían los más connotados personajes de la aristocracia santiaguina. Proliferaban fotografías de salones, cámaras, recámaras, invernaderos. Las casas eran de grandes dimensiones, como para al- bergar a extensas familias y, si era menester, hasta dos y tres generaciones. Por lo general, ocupaban terrenos equivalentes a los antiguos solares de la traza primitiva de la ciudad, aunque, en ocasiones, superaban esas superficies. Entre los palacios más espléndidos aún sobrevive el Palacio Cousiño, cuyo proyecto pertenece al arquitecto francés Paul Lathoud. A finales del siglo XIX la arquitectura permitió que los dueños de la fortuna dieran a conocer sus gustos personales en materia de estilo. Tal como podían elegir la ropa o el menú de cada día, tenían la facu ltad de ser satisfechos en caprichos mayores: la expresión arquitectóníca de su palacio 89 . Eso explica que, en medio de un eclecticismo absoluto, tuvieran cabida las fachadas renacentistas, góticas, románicas, moriscas, bizantinas, tudor. La impresión que causaban estas construcciones en los viajeros, cronistas y escritores de la época no era en absoluto favorable. Theodore Child, por ejemplo, escribió en 1890: Los chilenos han preferido ir a buscar inspiración en ws tempws griegos del siglo de Pericles, y en los castilws medievales de la época de las cruzadas... 90 Otro viajero, Alberto Malsch, comenta- ba: el país presenta una fachada grandiosa y nada tras ella. Y añadía, mordaz: majestuosas columnas, frisos, capiteles, zócaws veteados de mármol, pero, por favor, no ws toquéis porque el pedazo quedará en vuestros dedos. Aquí como allá todo está falsificado, todo suena a hueco 91 • A pesar de los adversos e irónicos comentarios, es justo reconocer los méritos de estas mansiones de fines del siglo XIX, que mantenían una sobria ordenación del conjunto. 89 Roberto Montandón y Silvia Pirotte, óp. cit. , p. 174. 'JO Ibídem. ' 11 Ibídem. 259

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