Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

dos a cada lado de la acequia sur, una al sur del ferrocarril y, la última, en la orilla de la acera sur. En total, nueve hileras de árboles. Pero hubo necesidad - a fin de evitar congestiones- 64 de crear una calJe central de 12 metros, destinada al paseo de carruajes. Para el tráfico de los demás vehículos se mantu- vieron las calles laterales. El perfil transversal de la Alameda llegó, entonces, a 40,5 metros. Hacia fines del siglo, a pesar de las mejoras propuestas por Vicuña Mackenna, el via- jero Teodoro Child señalaba acerca de la Alameda: era una magnífica avenida de árboles limitada por dos líneas de edificios suntuosos, que le dan el carácter de los Campos Elíseos de la capital de Chile. Es el barrio de las casas elegantes, el paseo favorito de los Santiaguinos y el centro de los monumentos que recuerdan las gloriosas pasadas y presentes de la Nación... pero el mármol y el bronce están descuidados, la avenida solo tiene buen aspecto en un estrecho espacio donde se pasea en carruajes ciertos días de la semana 65 . Las crónicas de la época coinciden en censurar el grado de descuido de la Alameda, como así el pestilente olor que emanaba de su acequia. El extremo oriental, en contraste con el resto de la avenida, aún permanecía en un estado casi rural. La relación de la Alameda con el resto de la ciudad ha sido veleidosa: hacia 1680 La Cañada no era más que una calle de borde por la que transitaban las carretas con letár- gica mansedumbre. Pero tan pronto los templos se edificaron a su vera se sucedieron las procesiones, las ceremonias religiosas y se estrechó el contacto con la plaza central. Las torres, por su parte, relacionaban visualmente los diversos puntos de la ciudad. Sin embargo, el traslado del camino que unía Santiago con Valparaíso desde La Caña- da hasta la calle San Pablo, ya en el siglo XVIII, significó un nuevo divorcio entre el centro fundacional y esa importante vía. Adicionalmente, al crecer la ciudad hacia el sur, La Cañada se convertía en una barre- ra, más aún si los largos muros ciegos que enmarcan las congregaciones religiosas anula- ban todo contacto entre el espacio público y el privado. Se podría asimilar La Cañada a un segundo río, paralelo al Mapocho 66 . Y a pesar de que el "Paseo de las Delicias" ya existía en 1820, era muy poca la gente que disfrutaba de él los días domingos. Menos aun los días no festivos 67 . La arquitectura La llegada de Joaquín Toesca y Ricci señaló con claridad la imposición de una arquitec- tura más bien culta, provista de la panoplia de recursos formales y estilísticos que pro- 64 Ibídem. 65 Teodoro Child, The Harper Magazine, citado por Ricardo Latcham en Estampas, en Saúl S.chkolnik, "Historia de la Alameda", Compendio de toda la época Republicana desde 1820 hasta 1950. Tomo l. Tesis del Instituto de Historia de la Arquitectura. Santiago, Universidad de Chile, 1955, p. 270._ 66 Cecilia Guzmán y Angélika Oddoy, óp. cit., p. 39. 67 Alberto Blest Gana, Martín Rivas, Editorial El Sol, Santiago, 2002, p. 133. 250

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