Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

La planta fundacional de Santiago del Nuevo Extremo correspondía al trapecio loca- lizado entre los brazos del río Mapocho, contenido por el cerro Huelén hacia el oriente y La Cañada de García Cáceres (hoy en día a la altura de Av. Brasil) 10 por el poniente. Según Thayer Oj eda, en el año 1541 , cuando se fundó la ciudad, contaba con 126 man- zanas. Benjamín Vicuña Mackenna, en cambio, afirma que la planta primitiva debió ha- berse establecido entre Miraflores y Teatinos, Santo Domingo y La Cañada 11 , reduciendo considerablemente la longitud poblada al norte de este brazo del río. De haber sido así, la retícula no superó las 42 manzanas. El arquitecto René Martínez estima que estas dos apreciaciones tan disímiles no per- miten reconstruir una primera planta del Santiago fundacional. Por su parte, de las Actas del Cabildo se desprende que, en un principio, la ciudad no alcanzó aquellos límites. Por lo menos no incluían La Cañada: cuando los franciscanos se referían a la ubicación de su chácara, en 1577, aseguraban que su iglesia -hasta el día de hoy situada en la Alameda- se encontraba fuera de la trama de la ciudad 12 . Una prolija revisión del plano de Thayer Ojeda permite suponer que la planta pri- mitiva puede haberse extendido, como máximo, entre Santo Domingo y Agustinas, Mac Iver y Bandera, con un total de 16 manzanas 13 . La utilidad de esta definición, para nuestros propósitos, se reduce a su relación con La Cañada: lo cierto es que en el siglo XVI esta vía expresaba una vocación de borde antes que de eje de radiación hacia el norte y el sur, como ocurriría más adelante. En 1809 se plantaron los primeros álamos: unas varillas que trajo desde Mendoza un padre franciscano permitió que la ciudad se engalanara con lo que debía ser su más hermo- so paseo, la tradicional Alameda de las Delicias. Se la describe como una larga faja de tierra que se extiende desde las cercanías del cerro Santa Lucía hasta el llano de Portales (llano de las afueras de la ciudad en que, de ordinario, practican ejercicios las tropas), con cuatro magníficas hileras de álamos, que han crecido hasta mucha altura, regados por pequeños canales que corren cerca de sus raíces, constantemente llenos de agua corriente, muy cla- ra. Entre las dos hileras centrales hay un espacio bastante ancho para el paseo, relleno con arena gruesa, que se conserva escrupulosamente aseado, pues se barre y riega dos veces al día, en verano. Hay en él dos espacios circulares, llamados óvalos, que han de atravesar los carruajes y caballerías que van de la ciudad al llano de Maipú, sin que se les permita invadir otra parte alguna del paseo. Bancos de piedra pulida, labrados a imitación de los lechos de Grecia, se hallan colocados alrededor de los óvalos y a distancias iguales, a todo lo largo de la calzada central. Aquí se verifica el principal paseo, porque los otros dos son más angostos, y como están destinados a la gente de a pie no se conservan tan bien asea- dos. A cada lado de estos, pero separados de ellos por pequeños canales de agua corriente, se ven dos caminos anchos para carruajes de toda especie y para gente de a caballo. Las • 0 René Martínez, La Ciudad, en documento de la Vicerrectoria de Extensión y Comunicaciones, Departamento de Planificación, Universidad de Chile, S/ lmpr., 1977, p. 16. 11 René Martínez, óp. cit. , p. 16. 12 Saúl Schkolnik, La Historia de La Catiada, en Seminario del Instituto de Historia de la Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, 1955, p. 18. 13 René Martínez, óp. cit., p. 16. 238

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