Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

final de cuentas, es que se produzca un resultado visual armónico, una suerte de compa- tibilidad de estilos y épocas de los edificios, interés que no ha estado presente en el acto creativo de los arquitectos durante las últimas décadas. Como si la fórmula del contraste entre lo nuevo y lo antiguo fuese la única posible. Cuesta comprender que los arquitectos sean tan insensibles ante las yuxtaposiciones discordantes. Una de las justificaciones que enarbolan es la necesidad de expresar hacia el exterior la función del edificio, esto es, a qué se destina. Dicho en palabras distintas, se amparan en la pregonada y manida virtud de la honradez, entendida como el anuncio del contenido a partir del volumen propuesto o, al menos, de la fachada. Pero, ¿acaso no es posible lograr, al mismo tiempo, una relación armónica con el entorno y una correspondencia entre la distribución interior y el exterior (una de las concordancias Jactológicas que enunciaba Villagrán en su ensayo acerca de los valores de la arquitectura)? 7 . La pluralidad de significados no excluye, en caso alguno, la relación de afinidad con el contexto. Reconozcamos que en las décadas recientes la consideración del entorno ha sido mucho más decidida. Aunque todo análisis está teñido por la subjetividad, existen ciertos parámetros que permiten reconocer la calidad de la intervención en un contexto que ya tiene historia. Es evidente que los puntos de vista pueden variar, que entre el ojo de un espectador y otro existe una distinta apreciación. Pero es posible entrenarse para aprender a mirar mejor. Una buena intervención se puede convertir en abominable al cabo de un tiempo. O viceversa. Claro que al ciudadano esto no le ocurrirá jamás si no media la instrucción. También es cierto que a fuerza de contemplar el mismo escenario -aun cuando se le haya asestado intervenciones desafortunadas- se produce un acostumbramiento. En el caso de la Alameda la mayor parte de los edificios recientes no armonizan con el contexto que aún perdura, el cual, por lo demás, ya ha sido sucesivamente alterado. Hay, hasta cierto punto, un desprecio voluntario. En muchos casos se trata de armonizar arqui- tectura contemporánea con otra que también lo es. Pero aún así, la afinidad no se logra. No quiere decir que los proyectos y su consiguiente materialización sean necesariamente reprochables desde el punto de vista figurativo y morfológico. Pero sí es innegable que pecan de un marcado egocentrismo, apoyados en la creencia de que son originales y pro- positivos. Tal que si la nueva arquitectura tuviera que cortar radicalmente con el pasado. Se han diseñado como si su papel no fuera otro que llenar un vacío visual. La diversidad expresiva está muy lejos de la unidad que se logra en muchas calles de núcleos históricos en los que conviven fachadas neoclásicas con otras neoclásicas, o neo- góticas, o neotudor, o neorrenacentistas. El factor decisivo parece haber sido la intención deliberada del proyectista de evitar la integración. La Alameda ha sido un permanente campo de experimentación en materia de arqui- tectura. No puede ser raro, por lo mismo, que periódicamente se hagan estudios de su imagen y proyectos acerca de su concepción futura. Uno de ellos fue el Anteproyecto de Urbanismo y Arquitectura de la Avenida Libertador Bernardo O'Higgins Plan Alameda 7 José Villagrán García, Integración del Valor Arquitectónico, Convento de Churubusco, Méxi co, D. F., 1977, p. 34. 235

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