Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
construcciones abandonadas. Así, las casonas antiguas -otrora palacetes de familias adi- neradas- se han subdividido de manera que albergan varias familias. La ventaja de estar localizados en el pleno corazón de las ciudades, donde el flujo peatonal sigue siendo muy activo, es que los habitantes pueden dar curso a una actividad económica informal, que se manifiesta en la práctica del comercio en la vía pública. Empeñados en imponer el modelo neoliberal, de ajuste económico y de reducción del gasto público, en América Latina se plantean las contradicciones fundamentales de los cascos antiguos, que viven entre la riqueza histórica y cultural y la pobreza social y económica, en tanto se potencian las estrategias de privatización y descentralización. Se pretende que el casco antiguo sea capaz de revalorizar su centralidad intraurbana, vinculándola con la recuperación de sus atributos funcionales, simbólicos y culturales. El desafío principal consiste en ofrecer a los distintos sectores de la sociedad civil y del mercado una más cercana relación con las instituciones del Estado. Imposible desconocer que la vida de las grandes ciudades ha derivado de la fuerza que se irradia a partir de los núcleos históricos. Ciudad de México, La Habana, Lima o Quito, fundadas en el siglo XVl, conservan aún la riqueza cultural y material que proviene de los tiempos coloniales. Subsisten, en gran medida, las huellas de su trazado primitivo: la dimensión de las manzanas, los solares, la localización de los espacios públicos, la sede de los edificios de gobierno. La traza rectora, en una palabra. Y en torno al núcleo funda- cional, la organización de los barrios como, asimismo, las edificaciones civiles y religiosas. La heterogeneidad de los centros históricos se podría explicar porque en su origen albergaban todas las funciones: la ciudad íntegra era equivalente a su núcleo central. Es probable que ningún ejemplo ilustre mejor esta situación de centralidad que Ciudad de México. Cuando los países iberoamericanos se liberaron de sus colonizadores, durante la pri- mera mitad del siglo XIX, comenzaron a someterse a otro tipo de dependencia: la Revo- lución Industrial. Forzados por las circunstancias o por voluntad propia, se produjo una apertura a las nuevas potencias económicas. La seducción por los proyectos innovadores originados en Europa convirtió en presa fácil a las autoridades de gobierno en los países de América. Nacieron los primeros ensanches urbanos, así como algunos proyectos de renovación de las áreas centrales, inspirados en modelos extranjeros. A mediados del siglo XX se multiplicaron los cambios funcionales en la mayor parte de las ciudades. Mientras en las áreas centrales se intensificaba el uso del suelo a través de la subdivisión de las viejas casonas y palacetes, instando a las familias con mayor nivel económico a emigrar hacia nuevos barrios localizados fuera de los cascos antiguos, más gente del medio rural llegaba a engrosar la población urbana. El inevitable deterioro de los centros históricos se hizo crítico a contar de la segun- da mitad del siglo pasado. Para muchos el fenómeno pasó inadvertido. Solo en algunas esferas se reconocía su importancia histórica y su gravitación cultural. Aun así, el centro fundacional ha ido perdiendo su hegemonía en la misma medida que se potencian nue- vos núcleos residenciales con equipamiento autónomo. De manera compensatoria, el patrimonio cultural comienza a ser la resultante de la ecuación economía-turismo, tan pronto se reconoce el magnetismo con que los edificios de valor patrimonial atraen a los visitantes. 22
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