Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Se puede afumar que los programas más sencillos de la arquitectura religiosa en Amé- rica residían en los modestos oratorios de las viviendas más antiguas: recintos pequeños, enriquecidos con un retablo y algunos lienzos que enmarcaban un equipamiento conven- cional de bancos o reclinatorios. Las ermitas en los monasterios de carmelitas descalzas solían ser construcciones de una sola nave, con sacristía y, a veces, con un atrio cubierto para permitir el descanso de los viajeros. Los templos mayores se organizaban en una o en tres naves, siempre en cruz latina. Dentro de la compartimentación espacial, el presbiterio se convierte en protagonista. Su mayor altura permite que conforme una portada interna, enfatizando la profundidad escenográfica del retablo 14 . El mismo principio de la fragmentación explica la autonomía funcional y espacial de capillas laterales con el baptisterio, la contrasacristia o depósito de andas. Un sistema constructivo -dimensionalmente coordinado- como el que se utilizó en las iglesias americanas, hacía posible alguna ampliación. Tan frecuente era abrir capillas como adicionar contrafuertes (San Francisco, en Santiago de Chile, por ejemplo). Con el propósito de financiar su construcción, muchas fueron las iglesias del siglo XVI que vendieron parte de su superficie para capillas de entierro. La cobertura de estos nuevos espacios se lograba mediante bóvedas autónomas. No era extraño, pues, que el templo creciera lateralmente. La propia localización del coro constituye un elemento de alteración en la organi- zación del espacio: tan cerca de las portadas de acceso fragmenta la visión integral del conjunto. También la relación del campanario con la nave resulta determinante en la imagen que proyecta la iglesia: despegada del templo (Paruro en Perú); exento, a un costado del atrio (Umachiri, Perú) o incorporado al templo, ya sea simple o doble. A juicio de Ramón Gutiérrez, el cambio de escala que significó la noción del espacio americano sin límites, favoreció una política más generosa de distribución del suelo y facilitó la amplitud de ciertos elementos de la estructura urbana 1 5 . Es importante tener presente que el sentido misional fue una de las motivaciones esenciales de la conquista española, que se vio obligada a enfrentar una multiplicidad de dificultades: la nula instrucción de los aborígenes, su arraigada cosmovisión, la actitud per- manentemente pugnaz. Había que divulgar la doctrina cristiana y perfeccionar la acción de encomenderos y autoridades. Sin embargo, la legislación protectora del indígena tendió a convertirse en letra muerta, reduciendo al mínimo los intentos por llevarla a la práctica. El proceso de transculturización exigió al religioso aceptar algunas concesiones, a fin de adecuarse, hasta donde fuera posible, al modo de vida y a las creencias del indígena americano. La importancia del culto al aire libre, el desconocimiento de grandes espacios cubiertos y en muchos casos la densidad de la población llevó, junto con el aprovechamiento de ciertas formas rituales del mundo indígena, a posibilitar formas no usuales en la liturgia cristiana 16 . 1 ' Ramón Gutiérrez, Arquitectura y Urbanismo en lberoamérica, Editorial Cátedra S. A., Madrid, 1992, p. 255. is Ramón Gutiérrez, óp. cit ., p. 79. 16 Ramón Gutiérrez, óp. cit., p. 247. 211

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