Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

La expansión urbana consiguió devorar feraces suelos agrícolas, y posteriormente se empeñó en agotar las tierras foresta les situadas en los faldeos precordilleranos, aquellas que cumplían la misión de absorber las aguas lluvias. Consecuencialmente, se alteró el equilibrio ecológico que preservaba a la ciudad de los aluviones invernales. A la misma expansión de la ciudad se debe la multiplicación de los requerimient os en materia de infraestructura y de servicios públicos, provocando un crecimiento irracional en el número de autobuses y taxis, cuyos motores son los principales agentes emisores de contaminantes atmosféricos. La enumeración de problemas de la capital de Chile no difiere mucho de la que se obtiene en otras ciudades hispanoamericanas en su vertiginosa marcha por el siglo XXI. Pero, ¿cuál es la orientación que debe conducir la evolución de las ciudades para el presente milenio? Como primer paso, sin duda, procurar una acción centrípeta, concen- trando los esfuerzos en su núcleo primigenio. Y es que, a través de la historia, han sido los embriones fundaciona les los que representaron el poder civil y religioso, el verdadero corazón de los pactos y de sus luchas. Constituyeron, además, el ámbito privilegiado en el que se acrisolaban los foros políticos, económicos y sociales. En derredor de estos núcleos se expandía desconcertadamente el tejido urbano y sus arrabales. Las últimas décadas han visto, no obstante, la paulatina extinción del poder que ejer- cieron por siglos los centros fundacionales. Los nuevos desarrollos urbanísticos, siempre periféricos, fueron arrastrando al habit ante hacia las márgenes de la ciudad, bajo la pro- mesa de una mejor calidad de vida. ¿Para qué seguir padeciendo la obsolescencia de las instalaciones y servicios, la degradación de los inmuebles, lo toxicidad progresiva del aire, la congestión vehicular? Como contrapartida, resplandecía en el horizonte la ilusión de disfrutar de atractivos barrios en ciernes, cuyo planeamiento urbanístico habría de satis- facer a cabalidad las necesidades crecientes de sus usuarios. En un periodo en que la ciudad se hipertrofia -podríamos asimilarla al modelo de las megalópolis- y en que las políticas meramente ordenadoras del territorio urbano se tor- nan ineficaces, es menester un retomo a su profunda naturaleza histórica. Imposible no emprender, entonces, una búsqueda más acuciosa, escudriñando en las más hondas capas estratigráficas los hilos conductores de su pasado, para explicarnos el presente. En cada etapa asoman, además de la expresión material de la ciudad, manifestada en edificios y paisaje, los actores sociales, los individuos y los grupos que, en pequeña o gran medida, han sido protagonistas de los cambios. Y es que, en efecto, la ciudad se construye y deconstruye al legislar, al administrar las licencias de construcción; al introducir servicios básicos como el agua potable o el sofisticado cable óptico para las telecomunicaciones; al eliminar algunos árboles o al pavi- mentar una calzada. Pero están también las migraciones que traen consigo alteraciones de uso, el éxodo del centro hacia la periferia o el repoblamiento de los barrios abandonados. Las decisiones que se adopten en materia de urbanismo vendrán siempre aparejadas con repercusiones económicas y sociales que se advertirán en el mediano o largo plazo. Hay situaciones que resultan claramente homologables entre los centros históricos de las distintas ciudades de América Latina: en la medida que se degradan físicamente se asientan en ellos los grupos sociales económicamente más desfavorecidos; prefieren sobrevivir allí antes que en las márgenes de la ciudad, adaptándose a la vetustez de las 21

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