Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Vicuña Mackenna reparaba en las cubiertas: que los edificios se clasificaban únicamente por los aguaceros, es decir, en cuerpos de dos aguas o en mediaguas, siendo éstos los dos únicos órdenes de arquitectura que se conocían y practicaban entonces3 1 . A pesar de que en los tiempos fundacionales su uso había sido generalizado, había muy pocos techos cubiertos de paja, a causa de las lluvias. La distribución de la casa obedecía a una idea que se siguió repitiendo con ligeras modificaciones de detalle. Al centro de la fachada había un gran portón que daba acceso a un amplio zaguán por el cual se entraba a la casa. Al lí se colocaba una banca de piedra destinada al descanso de los visitantes. Del zaguán se pasaba al primer patio, amplio vacío cuadrangular, pavimentado con piedra de río y rodeado de una vereda, también con revestimiento pétreo. Este patio es- taba circundado, en las cuatro caras, por edificios de un piso. El cuerpo que daba a la calle disponía de un altillo, a modo de planta superior. Las caballerizas ocupaban una superficie abierta y secundaria, a un costado del patio principal. Para guardar las provisiones y productos de la chácara o de la hacienda se uti- lizaba los recintos que bordeaban el patio mayor. Era habitual que las piezas que daban a la calle se arrendaran. Y si tenían acceso a dos calles, cabía la posibilidad de que las alquilasen para negocio. La parte principal de la casa estaba situada en el segundo patio, especialmente en su cuerpo central, en el que se encontraban los tres aposentos principales; las habitaciones del segundo patio constituían los ambientes privados; seguía, por último, un patio inte- rior más pequeño, donde se distribuían la cocina, despensas y piezas de la servidumbre. Lo normal es que por allí corriera una acequia constantemente llena de agua. Se incorpo- ró, también, en la parte interior de la casa -por lo general en el jardín- el "rancho de los temblores", a partir del terremoto de 1647. González Nájera aseguraba que las casas de Santiago tenían muy buenos y cómodos repartimientos y espaciosas salas blanqueadas con greda, y otras con alguna cal que hacían de conchas marítimas, orladas, algunas salas y aposentos, de romanas labores. Los papeles pinta- dos, aplicados en casas, no se conocieron sino a fines del siglo XVIII, y no adheridos al muro como los vemos hoy, sino clavadas sus tiras, de trecho en trecho, por medio de tachuelas 32 . Para María Graham el aspecto exterior de las casas era más bien triste: intermina- bles muros pintados a la cal, coronados por un enorme alero de tejas, cuya monoto- nía solo era interrumpida, de cuando en cuando, por alguna portada y por las escasas ventanas protegidas por rejas de hierro. Cont rastaba esa imagen inhospitalaria de la fachada con los ambientes interiores, que estaban preparados para acoger gratamente a los residentes 33 . Además de la portada y la ornamentación bajo el moj inete, las rejas de las ventanas constituían un adorno apreciable. Las primeras provenían de Vizcaya; más adelante se las 31 Benjamín Vicuña Mackenna, Historia critica y social de la ciudad de Santiago: desde su fundación hasta nuestros días (1541 -1868), Imprenta de El Mercurio, Valparaíso, 1869, volumen l, p. 108. 32 Manuel Eduardo Secchi, óp. cit. , p. 131. 33 María Graham, Diario de si, residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823); San Martin, Cochrane, O'Higgiru, Editorial América, Madrid, 1972, p. 287. 160

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