Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
capacitó albañiles, carpinteros, ebanistas, mecánicos, imagineros, que elevaron la calidad de los trabajos. Efectivamente, se consiguió un importante grado de refinamiento, que ya se materializó en altares y objetos del culto, haciéndose luego extensiva a los edificios mismos. En las postrimerías del siglo XVII el comercio del trigo con Perú estimuló la eco- nomía chilena, y, luego, a comienzos del siglo XVIII y debido a la alianza de las casas reinantes de Francia y España, llegaron a Chile los primeros navíos franceses. La re- percusión de estos dos acontecimientos en la vida y las costumbres de Santiago fue evidente. Y, por supuesto, en la arquitectura: se comenzó a emplear ciertos materiales que antes era muy difícil conseguir; se disponía, asimismo, de obreros más hábiles y recursos menos escasos. Las iglesias se enriquecían con la obra de los artífices y las ca- sonas, orladas con elementos distintivos, ofrecían la sensación de bienestar y hasta de cierto lujo. El aspecto de la ciudad mejoraba con respecto al pasado y se animó mucho más con el rodar de los primeros coches. Y, a pesar de los estragos -un terremoto en julio de 1730 y una gigantesca inunda- ción del Mapocho en 1748-, la ciudad continuó su avance progresivo. Nacieron lugares para el solaz, como la Alameda vieja y unas cuantas quintas, como la de Alcalde -se conoció después como Quinta Alegre- y la de Zañartu . Administrativamente, Santiago se dividió en zonas que facilitaron su control: se puso nombres a las calles y números a las casas. A fines del siglo XVII I, con el arribo al país del ingeniero español don Leandro Ba- radán y del arquitecto italiano don Joaquín Toesca, el desarrollo arquitectónico de la ciudad aceleró su tranco. Vicuña Mackenna lo reconocía como el creador de Santiago, porque, según él, antes de su llegada no había propiamente ciudad; y es que no existían reglas constructivas, ni estudio de proporciones, ni nada de lo que se llama arte. Toesca acompañó a su maestro Sabatini, que había contribuido con la belleza de Nápoles bajo el reinado de Carlos III. El mismo rey invitó a Sabatini para que ejecutara algunas obras en España. Mientras colaboraba con su maestro en la Corte, Toesca fue designado para venir a Santiago a dirigir los trabajos de la Catedral aun inconclusa, la Casa de Moneda y el edificio del Cabildo y Cárcel Pública. La actuación de Toesca en Santiago -ya se ha manifestado- fue determinante. Co- laboró en la consolidación de uno de los focos históricos de mayor carga simbólica de la ciudad: el centro cívico con el Palacio de Gobierno como núcleo. Se dio a conocer cuando hizo reparar los tajamares, destruidos a raíz de un aluvión y continuó, sin pau- sas, bajo el Gobierno de don Ambrosio O'Higgins, quien supo reconocer sus valores profesionales 27 . En 1809 la Alameda de las Delicias nacía a la vida: se plantaban las varillas que muta- rían hasta conformar el paseo más concurrido de la ciudad. También el de los tajamares se llegó a convertir en un paseo apetecido por los habitantes. Mientras tanto, en los alrededo- res de la ciudad se multiplicaban las residencias veraniegas, realzadas por el paisaje natural. 27 Francisca Baeza C., Palacio Presidencial de la Moneda, en Revista CA Nº 29 (Colegio de Arquitectos de Chile), Santiago, 1981, p. 6. 158
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