Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
destinada a producir, para la Corona de España, lo que permitiera su clima, su suelo y sus habitantes, bajo el alero protector del catolicismo. Son los albores de la ciudad, de imagen más bien monótona, con sus casas dispersas y de tosca ejecución, calles polvorientas y despobladas. Entremedio, la construcción maciza de los conventos y la irrupción de las torres de las iglesias. Al corazón de la ciudad - la pla- za, con su iglesia y centro cívico-, se agregaban focos nuevos, diseminados en los puntos donde decidió instalarse cada una de las órdenes religiosas. En Santiago persistió, durante muchos años, el carácter primitivo de su planificación. La ciudad se expandía tímidamente hacia el poniente; la Ermita del Socorro, convertida en iglesia, generaba un centro religioso de importancia que la hacía prolongarse, también, al sur de La Cañada. La subdivisión de las manzanas en solares más pequeños contribuyó a que la edificación se hiciera más densa. A mediados del siglo XVII la calidad de la edificación mejoraba: el adobe se sustituía, mu- chas veces, por el ladrillo y, en algunas ocasiones, por la piedra. De aquella época es la pileta bautismal del Sagrario y la puerta de madera tallada de la sacristía de San Francisco Máximo. Donde se advierte más progreso arquitectónico es en las iglesias. Los cronistas se re- fieren a los artesonados primorosos, los retablos policromados y las livianas arquerías; los claustros tienen jardines y hasta algunas obras suntuarias. Pero, como siempre, los terremotos, que aceleraban los procesos destructivos, traían consigo una reacción favorable. En efecto, hubo mayor cuidado en la selección de los materiales y se emplearon nuevos elementos destinados a asegurar la estabilidad, algunos de los cuales se expresaban hacia el exterior: pilares, contrafuertes o sobrecimientos de gran robustez. En las viviendas se generalizó el uso del pilar de esquina, como antes la portada y el mojinete; se convirtieron en clásicos de la arquitectura doméstica. El temor a los sismos indujo a la creación, en muchos casos, de un agregado que se conocía como "el rancho de los temblores", consistente en un recinto pequeño, sólidamente construido de madera, situado en un patio de la casa, y que tenía como único objeto proteger a la familia. Tras veinte años de reconstrucción, el fervor religioso creció en intensidad: se levanta- ron de nuevo la Catedral, Santo Domingo, La Merced, San Agustín. Se reparó San Fran- cisco y, sobre todo, se construyó el más acabado exponente del estilo barroco en Santiago: la iglesia de La Compañía 25 . Una suerte de quietud conventual se extendió en las calles santiaguinas, en tiempos en que medraron las finanzas de los encomenderos y se expresaban los linajes subiendo el mojinete hasta más arriba de las portadas 26 . La ciudad se expandía más allá del río Mapocho debido principalmente a nuevas fundaciones religiosas. Se construyeron nuevos tajamares y el primer puente sobre el río. La Compañía de Jesús, merced a la gestión del padre jesuita Carlos de Inhausen, que trajo a Chile una colonia de obreros alemanes -cada uno maestro en su respectivo oficio- 25 Fidel Araneda Bravo, Historia de la Iglesia en Chile, Ediciones Paulinas, Sección Chilena, Biblioteca Nacional, Santiago, 1986, p. 314. 26 Manuel Eduardo Secchi, La casa chilena hasta el siglo X IX, Instituto de Arte Ameri cano e Invest igaciones Estéticas, Anales Nº 6, Santiago, 1942, p. 123. 157
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=