Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
minos actuales, desde la Remodelación San Borja -donde en 1968 se excavaron algunas piezas de cerámica procedentes del taller de los jesuitas-, hasta la calle Almirante Barroso. ¿Cómo podía seguir extendiéndose la ciudad, si hacia el norte, el sur y el oriente tro- pezaba con fuertes limitaciones derivadas del régimen hidrológico del río Mapocho? Solo quedaba crecer hacia la zona de chacras 21 . Se sabe que el cauce norte del Mapocho abastecía de agua a la ciudad; pero el peque- ño brazo que escurría por el lado sur, conocido como La Cañada de San Francisco -dada su proximidad al convento del mismo nombre-, se convirtió en vertedero. Recién en 1820 se produjo el cambio definitivo, cuando, en 1820, el Director Supremo Bernardo O'Higgins Riquelme ordenó la remodelación de La Cañada y su conversión en Alameda de Las Delicias. Los conquistadores, los cronistas y los viajeros coincidieron en apreciar las excelencias del clima y la belleza singular del paisaje de Santiago del Nuevo Extremo. Elogiaban, asi- mismo, la abundancia de las aguas y la fertilidad del suelo que hacía de la ciudad un vergel2 2 . Valdivia prefiguraba el paisaje ideal: que el agua esté cerca y se pueda conducir con faci- lidad al pueblo; que los terrenos no sean excesivamente altos por las molestias de los vientos, ni tan bajos que puedan ser malsanos; que saliendo el sol dé primero al pueblo que al agua; que existan los materiales necesarios para la construcción de casas; que al trazar la ciudad se deje "tanto compás abierto" que permita el crecimiento de su población 23 . El alarife Gamboa, siguiendo las instrucciones de Pedro de Valdivia, trazó una cuadrí- cula uniforme que se extendía entre el río Mapocho, el cerro Santa Lucía y La Cañada. En el centro, una plaza central; en tomo a ella, manzanas regulares, con calles que corren de norte a sur y de oriente a occidente. Un conjunto sencillo, ordenado, austero, estrecha- mente ajustado a las normas dadas por Carlos V, en 1523: Y cuando hagan la planta del lugar, repártanla por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ella las calles a las puertas y caminos principales, y dejando tanto compás abierto cuanto que, aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda proseguir y dilatar en la misma forma. Una ciudad colonial de clima espléndido y bellos paisajes -coinciden los relatos de cronistas y viajeros-, abundante de aguas y fértil de suelos; eso sí, de actividad lenta y dependiente de metrópolis distantes: Lima, y luego Madrid 24 . Las primeras viviendas -también los templos-, de madera y paja. Más adelante, de adobes y tejas. Todo rudimentario, un primitivo boceto de ciudad, con pequeños focos de interés. Con una orientación definida, sin embargo. Cada uno de estos focos se convertiría en un núcleo con vida propia. Aun cuando en un comienzo estuvo preparada para la defensa, no se tuvo el propósi- to de convertir la ciudad en una plaza fuerte. Solo pretendía ser el centro de una región 21 Alfredo Gómez Alcorta, Arqueología histórica en el casco histórico de la ciudad de Santiago: urbanización y vida urbana, ( 1650- 1814), Estudio experimental, con el patrocinio y auspicio de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Un iversidad de Chi le. Profesor Guia: Osvaldo Silva Galdames, Santiago, 1992, p. 97. 22 Carlos Valenzuela Solis de Ovando, La Plaza de Annas de Santiago, Cuna de Chile, Editorial La Noria, Santiago, 1993, p. 56. 23 Carlos Valenzuela Solís de Ovando, óp. cit., p. 14. 2 ' Gabriel Guarda, Historia urbana de Chile, Introducción y recopilación pcr Santiago Lorenzo Schiaffmo, Editorial Universitaria, Santiago, 1995, p. 174. 156
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