Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
ciudadano medio, cuyo sentido práctico está más cerca de asimilar una buena respuesta funcional que una justificación de los ideales estéticos. Lo que no es claro es la perdurabilidad de la apreciación estética. ¿Qué habría pensa- do un profesional del siglo XJX de una intervención actual? A lo mejor habría coincidido en los principios generales, pero quizás no en la evaluación del resultado. Y es que una misma intervención, examinada después de un tiempo -con un cierto entrenamiento visual de por medio- podría provocar un efecto enteramente distinto. Lo habitual en la ciudad de hoy en día es la producción de edificios discordantes. Emergen desde las caries de la ciudad con una desfachatada indiferencia para con el contexto inmediato. Solo importa su lucimiento, como si se les hubiese inyectado el ego- tismo propio de sus autores. No quiere decir esto que la arquitectura discordante sea de mala calidad. De hecho, hay edificios extraordinariamente bien elaborados como objetos. Como si su norte fuese romper la armonía existente, oponiéndose brutalment e al entor- no. Para sus autores, una posición distinta sería poco original y creativa, casi un fracaso. Son los códigos que impuso la arquitectura moderna, que prefirió suponer que su escenario era el vacío, para así dar la espalda a cualquier testimonio del pasado. Detenidos a observar el rostro de la Alameda -sus fachadas-, surge la natural cu- riosidad: ¿era tan inevitable la sucesión heterogénea de edificios por el solo hecho de haberse erigido en momentos distintos de la historia? La tendencia ha sido la búsqueda de la distinción antes que la asociatividad figurativa. Como si la única fórmu la posible de demostrar el progreso fuese mediante los alardes técnicos y expresivos. Rybczinki, en un esclarecedor artículo, apunta: 11 Cuando Goethe sostenía que la arquitectura era música congelada se refería - supone- mos- a los edificios que a su juicio revestían alta calidad. Esta idea, extendida a la escala de la ciudad, se desarma . Primero habría que discernir qué se entiende por arquitectura. Lo que no quede contenido en este marco se convierte solo en edilicia. Nada es tan drástico, sin embargo. Los matices abundan y no podemos trazar una frontera absoluta entre los dos campos. El valor de los edificios prestigiosos no siempre es superior al de otros más anónimos por vocación. Todos se necesitan, se potencian, estableciendo gradaciones que contribuyen a la variedad. La belleza de una fachada urbana no radica tan solo en el esplendor de las obras señeras, sino también en la sobria presencia de la arquitectura menor, la que concatena y hermana, que mediatiza y propone un orden. Para bien o para mal, el Movimiento Moderno produjo edificios anónimos, inex- presivos, sacados del mismo molde. La distinción entre unos y otros no parecía ser lo fundamental. En cierto modo, los más benignos podían aceptarse como la neutra comparsa que precisan los inmuebles que gozan de prestigio. Pero las ciudades con- temporáneas ya no están en condiciones de producir edificios modestos. Los arqui- tectos se niegan a la humildad. La mayoría sueña con materializar la gran obra de su vida, y entonces la ciudad se puebla de construcciones sobreactuadas que aspiran a la trascendencia. Así se anula toda posibilidad de armonía, la posibilidad de elaborar la arquitectura de trasfonde 11 . Witold Rybczinki, Arquitectura: la importancia del trasfondo, en El Mercurio, Cuerpo Artes y Letras, Santiago, 22 de octubre de 1983, p. E12. 152
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=