Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

¿Cómo hacer para obtener la continuidad figurativa de la arquitectura en un deter- minado conjunto? El camino más simple tendría que ser la imitación de los estilos pre- dominantes. La imitación o, incluso, la burda copia. O la reinterpretación, tan distante o próxima del modelo que inspira. Lo cierto es que no hay un camino único. A menudo es un matiz que mezcla aspectos de una y otra postura . Está claro que la afinidad figurativa no ha sido el ideal de los arquitectos contemporá- neos, más próximos a la innovación radical, enmascarada con la idea de la contrastación, que no es otra cosa que la legitimación de un edificio discordante. ¿Y qué hay de la proximidad morfológica lograda entre edificios yuxtapuestos perte- necientes a estilos y épocas diferentes? Se ve que la continuidad es posible, aun evitando la mímesis o la repetición mecánica. Pero esta voluntad ha estado ausente entre los arqui- tectos durante el último medio siglo. No cabe duda de que exige menos esfuerzo echar mano al socorrido contraste entre lo nuevo y lo antiguo, eludiendo el riesgo de fracasar en la búsqueda de la compatibilidad visual. Que no se crea que lo único que se busca es la homogeneidad de la imagen y que toda acción que procure como resultado el antagonismo de dos expresiones debe ser necesariamente desterrada. Lo que se propicia, más bien, es la unidad estética que los sent idos de la percepción reclaman. En palabras distintas, la meta final es la armonía. Y es que -hay que reconocerlo- en ciertos casos el juego de los opuestos puede ser también una opción legítima. Por alguna razón, los edificios antiguos con algún rango de nobleza están en condicio- nes de aceptar variadas funciones en su interior. Probablemente tenga que ver en esto la amplitud de los espacios o con una cierta neutralidad en la disposición de las divisiones interiores. El hecho es que, con mayor o menor propiedad, muchos de estos inmuebles de fines del siglo XIX y comienzos del XX albergan en la actualidad actividades muy diversas de aquellas para las cuales fueron concebidos. Entonces surgen las preguntas: ¿Debe manifestarse la función interior en la fachada del inmueble? ¿Debe ser el edificio tan honesto como para dar cuenta de lo que ocurre dentro de él? No es imposible que un programa arquitectónico cualquiera esté en condiciones de adaptarse a una fachada de un estilo determinado. Pero los límites están, sin duda, en el respeto que se debe a las leyes regulatorias de una fachada. A todas luces, impropio sería, por ejemplo, introducir una división horizontal -producto de un entrepiso que nunca existió- en una ventana cuya integridad es indispensable para mantener su calidad figu- rativa o estilística. ¿Es tan importante que las funciones interiores sean claramente reflejadas en el ex- terior? Tal vez no tanto como la necesidad de que la fachada comulgue con el contexto inmediato. Esto no significa que sea imposible lograr una relación armónica con el entor- no y, al mismo tiempo, una correspondencia entre la distribución interior y el exterior (una de las concordancias Jactológicas que enunciaba José Villagrán) 10 • Por muy objetivo que pretenda ser el juicio que se emita acerca de tal o cual interven- ción, jamás habrá consenso entre los arquitectos. Agréguese a ello el punto de vista del w José Villagrán García, Integración del Valor Arquitectónico, México, D. F., 1977, p. 34. 151

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