Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
el trazado de estricta cuadrícula o damero, con la Plaza de Armas como núcleo central y centro cívico religioso 6 . La imagen física de la ciudad debía cumplir, a la vez, con un fin didáctico, capaz de generar el sistema de comprensión. Por ello se estipulaba que las casas debían lucir de forma tal que cuando los indios las vean les cause admiración y entiendan que los españo- les pueblan allí de asiento y les teman y respeten para desear su amistad y nos los ofender 7 • Un anillo concéntrico, intermedio, se caracterizaba por su morfología neutra y homo- génea. Los elementos estructurantes de esta zona solían ser los conventos y monasterios, cuya presencia definía la identidad del barrio en el cual se insertaban. Los conventos servían a la comunidad, haciendo converger un micromundo urbano en torno a sus acti- vidades, fiestas y rituales. Se convertían, por lo mismo, en los nuevos focos de atracción, siempre vitales, siempre magnéticos. Una imagen para ser cargada en la memoria. La trama urbana se iba, pues, cualificando sobre la base de los principales conventos (generalmente franciscanos, domínicos, jesuitas, y agustinos). O de los monasterios (cla- risas, carmelitas, y dominicas), pasando luego por los hospitales, los hospicios de clérigos y diversas especies de beaterios, casas de ejercicios, colegios y seminarios 8 . Y ya en la periferia, por las ermitas votivas. LA CIUDAD, UN ENTE EN MUTACIÓN Con total independencia del trazado de la ciudad, al transeúnte normal se le cambia, con periódica irreverencia, el paisaje urbano en el que se afana cotidianamente. El estu- por inicial lo sustituye con una resignada aceptación, sin comprender de inmediato que, junto con intervenirle su escenario familiar, se le está interviniendo, también, la propia memoria. Con dificultad recordará, en un futuro cercano, cómo era aquel entorno que durante décadas le pareció tan familiar como inmutable. Y así, paulatinamente, sus ojos se acostumbrarán a lo nuevo que, por desgracia, pocas veces es sinónimo de mejor. Descontados los valores arquitectónicos intrínsecos de que pueda disponer -bonda- des morfológicas, estructurales o espaciales-, un edificio preexistente agrega la ventaja de haberse ganado el respeto del entorno y, por lo mismo, señorear sin temor a discordancias. ¿Como explicar la irrefrenable manía de optar siempre por lo nuevo, una suerte de pánico al misoneísmo? Tal que si la arquitectura fuese una moda que exige una perma- nente renovación. Algunos autores le han llamado "neofilia" (o la necesidad de abandonar lo antiguo por lo nuevo). Se tiene la idea -y con mucha razón, en ciertos casos- de que un edificio nuevo es más eficiente, que funciona de maravillas y que sus instalaciones es- tán mejor dotadas de tecnologías contemporáneas que le hacen resolver, entre otros, los problemas de acondicionamiento físico y ambiental. O que en menos metros cuadrados acepta más habitantes, redundando en un rendimiento máximo. 6 8 Ricardo A. Latcham, Estampas del Nuevo Extremo: Antología de Santiago, 1541 -1941 , Sección Chi lena, Biblioteca Nacional, Santiago, 1941 , p. 126. Ramón Gutiérrez, óp. cit., p. 80. Historia eclesiástica de Chile, Imprenta San José, Santiago, 1925, p. 59. 149
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