Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

El solar que lindaba con calle Monjitas pertenecía al obispo Aldunate, vicepresidente de la Primera Junta de Gobierno; en la esquina opuesta, junto a la calle Merced, se en- contraba la casa del mayorazgo Ruiz-Tagle y Torquemada; y en el centro de la manzana se situaba la casa que había pertenecido a Briand de la Morandais (o Morandé, como se españolizó) 31 . Esta última casona no desapareció sino hasta el primer tercio del siglo XX. De ser una imprenta pasó a ser un club social y, sucesivamente, a botica, sastrería, casa de correos y taller de mecánica. Al término del siglo se construyó, en el mismo sitio, el Portal MacClure, uno de los más distinguidos lugares de encuentro social, que conservó ese nombre por más de 50 años. En 1825 el Gobernador Intendente Francisco de la Lastra modificó los nombres de las calles y el de la Plaza de Armas propiamente tal: la denominó "Plaza de la Indepen- dencia". Aún por esos días, la plaza estaba sin empedrar; en uno de sus costados se instalaba el cobertizo de la feria de abastos, que contribuía a otorgar un aspecto deprimente al espacio público. En 1846 se realizó el traslado de la Casa de Gobierno hasta el Palacio de la Moneda. La ex Casa de Gobierno se destinó a Correo, la Cárcel se mantuvo en el costado oriente de la manzana y lo que fue el Cabildo se convirtió en el edificio de la Municipalidad desde 1823. Al Intendente José de la Cavareda se debe el empedrado del centro de la plaza, en 1835. Un año después se reemplazó la antigua pileta colonial por un monumento de mármol, que se conoció como "Pila de Rosales" 32 . En la línea de la tradición monumental italiana, el agua sale por el hocico de unos caimanes. En 1896 un mandato municipal hizo quitar la mencionada pila, dejando a los caimanes en seco. La gente se extrañaba al ver una india vestida como Aída, en la ópera de Verdi, inclinada bajo una mujer que la libra de cadenas en un terreno guardado por cuatro caimanes3 3 . En los primeros años de la República el aspecto de la plaza continuaba siendo cam- pestre y desolado, no tenía senderos demarcados ni vegetación. Y pese a las recomenda- ciones, los peatones y las carretas circulaban sin orden alguno. A la orilla de los portales se agrupaban las carretas mientras los animales abrevaban en la misma fuente localizada en el centro de la plaza. Solo en 1850 las autoridades comenzaron a preocuparse por la imagen de este privi- legiado espacio de la ciudad. Se comenzó por trazar un círculo con jardines alrededor de la pila y se plantaron allí algunos árboles. Los excedentes derivados del auge del salitre -las minas del norte de Chile lo pro- ducían en grandes cantidades- permitieron impulsar las obras públicas promediando el siglo XIX. En la misma época -año 1850- arribó a Santiago el arquitecto francés Claude Fran- cois Brunet Debaines, quien fundó la Escuela de Arquitectura. Amén de transmitir en las 31 Carlos Valenzuela Solis de Ovando, óp. cit., p. 89. n Alfonso Calderón, Memorial de Santiago, RIL Ed itores, Santiago, 2005, p. 72. 33 Joaquín Edwards Bello, El marqués de Cuevas y su tiempo, Ed itorial Nascimento, Santiago, 1974, pp. 149- 150. 117

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