Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
LA PLAZA EN EL SIGLO XVIII Tan pronto llegó a Santiago, en 1712, el ingeniero francés Amadée Fran<;ois Frézier se abocó intensamente a la tarea de realizar un catastro de la ciudad. Elaboró un plano cu- yos límites eran los siguientes: Por el sur, La Cañada. En la ribera sur de ella se conservaban los edificios del Hospital y la iglesia Franciscana; se agregó la iglesia de San Juan de Dios, donde antes se encon- traban la ermita del Socorro, la iglesia de San Diego y el noviciado de San Borja, hacia el poniente 21 . También se extendieron, desde La Cañada al sur las calles San Francisco, San Diego y Carmen; se abrieron las calles Nueva San Diego, la Angosta (actualmente Serrano) y la de Duarte (hoy Lord Cochrane). Hacia el norte se encontraba la población de La Chimba, la Recoleta Franciscana y la Iglesia de la Viñita. En dirección oriente la ciudad llegaba hasta la calle Mac-Iver. Trasponiendo el cerro Santa Lucía no existían construcciones ni calles trazadas. Tan solo dos acequias que mar- ginaban el cerro. Hacia el poniente la ciudad se extendía hasta la actual calle Riquelme. Frézier observó que en su mayor parte las casas estaban edificadas con ladrillo crudo (adobones), aunque las hubo también de albañilería. Tiempos en que la condición de las calles y puentes era precaria: el sistema de ace- quias interiores que mantenía la ciudad nacía en el río Mapocho y atravesaba manzanas para desembocar, fina lmente, en la cañada de García Cáceres. El 18 de julio de l 730 un nuevo terremoto asoló Santiago. Los tres edificios tradicio- nales de la plaza - que ya habían sido reconstruidos con esmero y sacrificio-, fueron nue- vamente abatidos. Los templos también resultaron severamente lesionados: la Catedral, San Francisco, San Agustín, Santo Domingo, San Lázaro, la Capilla de San Saturnino; los conventos de Las Agustinas y de Las Claras. El cataclismo fue tan destructivo como el de 1647: bastaron treinta segundos para que la ciudad se viniera al suelo. Pero, como había ocurrido en el siglo anterior, los habi- tantes se abocaron resignadamente a la reconstrucción. A comienzos del siglo XVIII buena parte de la arquitectura de Santiago dejó de ser simple y casual. Sin duda, los implacables desastres naturales -terremotos e inundacio- nes- obligaron a construir edificios compactos y bajos, con muros gruesos y, de ser nece- sario, con contrafuertes. A fines de siglo se puso en funcionamiento, de manera parcial, el alumbrado público en las 11 principales manzanas de la ciudad. 21 René Martinez L., Santiago, hacia una redefinición de su estmcrura intema, en Revis ta AUCA Nº 42 (Arquitectura/ Urbanismo/ Construcción / Arte), Santiago, 1979, p. 21. 110
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=