Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Los actos públicos y las celebraciones sociales no t enían cabida en un mundo carga- do de hostilidades. No debe extrañar, por lo tanto, que próxima a la fuente emergiera, amenazante, como en las plazas mayores españolas, el pilar de la justicia (o columna del rollo). Es oportuno recordar que esta plaza padecía, estacionalmente, de inundaciones, que derivaban en una incómoda capa de barro en su superficie. El mercado, por su parte, contribuía con múltiples desechos que terminaban por configurar un deprimente cuadro. Mientras la Cárcel copaba su capacidad, cundía el número de maleantes que amenazaban las solitarias calles en horas de la noche. Santiago, con aspecto de apacible villorrio, según el censo de 1671 , no superaba los 700 vecinos, descontando negros e indios. La guerra y el trabajo restaron importancia a las fiestas sociales y a los actos públicos. La expresión de la arquitectura En este siglo la arquitectura de Santiago ya ofrecía algún desarrollo, dejando de lado su excesiva ingenuidad expresiva y su frágil construcción. Fueron, en buena medida, los de- sastres naturales, como terremotos e inundaciones, los que obligaron a desarrollar nuevas tecnologías edificatorias. Se prefirió la construcción de baja altura y los muros gruesos, a menudo armados de contrafuertes para asegurar su estabilidad. Dentro de la materialidad predominante contaba el adobe y la teja. Como aglome- rante, la cal; la madera para las ventanas y puertas, así como para los envigados. Se utili- zaron, también, el hierro forjado y el vidrio desde principios del siglo XVII. Cabe señalar que a contar del terremoto de 1647 se adoptaron ciertos elementos expresivos del barroco europeo -español y bávaro-, que se mezclaron con el arte indí- gena. Este fenómeno fue más intenso en el altiplano y en la costa de Perú. Desde allí se extendió a Chile, asimilando los rasgos propios del lugar y las amenazantes condiciones que imponía la naturaleza. El repertorio ornamental incluía enrejados vizcaínos con motivos algo complicados, además del tallado artesanal de puertas y ventanas. Entre los principales exponentes arquitectónicos de la época destacan los edificios de Gobierno. También la Universidad de San Felipe, concluida en 1764; ocupaba media manzana: su acceso principal daba a la calle Agustinas, el costado poniente a la de San Antonio y la posterior a la calle del Chirimoyo, actual Moneda. Corresponden al mismo periodo las iglesias de La Merced, de San Francisco, de La Compañía, de San Agustín y la Recoleta Franciscana. Y la Catedral. En las viviendas particulares se acentuaban los rasgos provenientes de la época ante- rior: portadas, zaguanes, corredores y pilares de esquina. Predominaron, como materiales, el adobe y la teja. Otra obra capital fue el puente Cal y Canto. 109

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