Decantaciones. Política y democracia cultural: un diálogo global
Justin O’Connor 140 de alquileres, ingresos básicos para artistas y compras colec- tivas, entre otras alternativas. Cómo gestionamos todo esto es una pregunta difícil y compleja sin respuestas sencillas. Esa debería ser —o es— la función principal de la política cultural: encontrar formas de sostener y expandir la producción y la participación en la cultura, involucrando al mayor número posible de personas. La cuestión de la cultura como bien público se sitúa entre el derecho a la participación plena, por un lado, y, por el otro, la garantía del funcionamiento continuo del sistema interco- nectado público y privado del arte y la cultura. Enfrentando los males públicos La tarea no consiste solo en redefinir la cultura como un bien público, también en enfrentar algunos males muy serios. Con esto me refiero a todas aquellas fuerzas que amenazan con encerrar, monopolizar o impedir la contribución del arte y la cultura al bien común. Esto tiene también una larga historia, que involucra a los estados, los mercados, el capital monopó- lico y las tecnologías de formas complejas. Forma parte de la historia de la cultura, al menos, durante los últimos 250 años. En la actualidad, el mal público más inmediato es la captura continua del arte y la cultura por parte de corpora- ciones globales, que ya controlan el acceso al mercado, las tecnologías de distribución y múltiples formas de propiedad intelectual. A eso se suma la intromisión creciente de la filan- tropía en el financiamiento estatal de la cultura. De hecho, como han señalado algunos autores, ya no se trata de mercados en el sentido tradicional del término, sino más bien de cerca- mientos. Seis de las diez principales corporaciones globales están involucradas en la distribución —y, muchas veces,
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