Gabriela Mistral y la Universidad de Chile

152 Gabriela Mistral y la Universidad de Chile se levantaron a recoger el lote del gobierno de los pueblos; el Estado y la Universidad, y, como una operación química con la sangre, quedaron diferenciados y visibles, flotando en el, sereno inocuo de la masa, los gló- bulos rojos, y los glóbulos blancos de estas dos categorías de hombres: los que manipulan lo material y los que manipulan lo espiritual. Más osten- sible la operación de los rojos, cosa de ver y de tocar en la vida colectiva; más sorda, más lenta y hasta algo mágica, la obra de los blancos, a los que se ha sólido declarar inútiles, porque, como el alma, confiesan menos su trabajo secreto para pasar de nuestra forma actual de vida confusa y en- trar en esta forma sencilla y racional. Pasado un siglo de preparación el Estado asumiría un carácter absoluto de administración, de empresa económica, y la universidad gobernaría todo lo que no fuese asistencia material; ella aprobaría el sistema político más hábil; ella proporcionaría los medios industriales eficientes, ella depuraría, siguiendo conceptos estéticos ceñidos, los modelos artesanos que le lleva- rían, en consulta, los gremios, ella aconsejaría la distribución de los cultivos de caña, cafés y trigos; ella recolectaría los cantos escolares más calentados de emoción radical; ella dictaría los catálogos conscientes para los tipos de bibliotecas especializadas por edades y vocaciones; ella tendría, como quien dice en su mano, los diversos rayos del alma, el racional, el imaginativo y el volitivo, y de ella partirían o de ella volverían siempre, esas potencias por ímpetu espontáneo de nutrición o por parábola natural de agradecimiento. Hoy mismo, sin embargo, Estado y Universidad forman dos potencias capitanas de nuestra vida. El primero aparece con voluntad de unidad, casi con el bulto del puño cerrado; la segunda la vemos desbaratada, pul- verizada en lotes de escuelas primaria, secundaria o artística y debilitada fabulosamente por este desmigajamiento. Me acuerdo yo de la Universidad moderna, cuando veo una ilustración dantesca de esa en que, con la formidable unidad teológico, aparece el núcleo divino como un hueso de fruto, echando de si la potencia que teje en zonas la pulpa, luego las suavidades y los colores de la piel, luego la medida del perímetro y la norma de los contornos. Y es que toda idea de unidad toma por la fuerza maneras teológicas, porque la ley de la creación

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