Derechos humanos en Chile. Pasado, presente y futuro
80 constante a la violencia en un marco de ausencia de controles sociales puede generar su naturalización; cambiando el umbral de lo tolerable; reduciendo el coste de la actividad violenta, pues al no correr los mismos castigos de antes, lo aceptable se expande; permitiendo «hacer carrera» a quienes tienen mayor inclinación para cometer actos violentos; desaprendiendo las competencias sociales de solución pacífica de conflictos y aprendiendo otras modalidades de acción social basadas en la violencia física. En definitiva, los mecanismos psicosociales de autosanción y autocontención de otros períodos dejan de operar. En su lugar, la violencia crea su orden social propio, con premios y castigos intrínsecos al nuevo período que se abre. De forma inquietante, más allá de las figuras del «perpetrador» y las «víc- timas directas», los civiles no combatientes no solo aparecen en el lugar de víctimas de la violencia que otros perpetraron, sino que muchos se hicieron parte de ella. La dinámica de la colaboración de los civiles no combatientes operó en forma extendida durante muchos años de la dictadura: esta faz ín- tima fue aprovechada por actores como la Dirección de Inteligencia Nacio- nal (DINA) o la Central Nacional de Informaciones (CNI), quienes —para ejercer su control— requirieron de información cualificada para acertar en sus blancos —individuales o colectivos—, y así poder pasar de la violencia indiscriminada y masiva de los primeros meses del Golpe a una selectiva, más característica de los años siguientes. La fuerza y velocidad transformadora de la dinámica de la violencia es una de las causas que desconcierta no solo a observadores, sino a los propios protagonistas de los conflictos. El contexto sociopolítico y de larga duración previo al Golpe puede, sin duda, entregar elementos de análisis para la com- prensión de las actuaciones de los distintos individuos. Pero se deben consi- derar e incorporar en el análisis los efectos de la violencia una vez ocurrido el Golpe, aspecto no tan estudiado para el caso chileno. La mayoría de la pobla- ción en situaciones de conflicto agudo, atravesado por la violencia, tiene una conducta compleja, ambigua y cambiante, distinta a la de una minoría fuerte que se mantiene en el compromiso a toda prueba. El terreno político del conflicto, agudizado por el uso de la violencia como recurso, cambia y genera sus propios efectos de realidad. Por eso se le utiliza por parte de actores estratégicos, no solo para eliminar al otro, sino para gene- rar control y adhesión. A este respecto, el antropólogo René Girard afirma que en un contexto de polarización endógena —polarización no previa sino produ- cida una vez que se ha empleado la violencia—, al agudizarse la rivalidad entre
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