Derechos humanos en Chile. Pasado, presente y futuro
79 en buena parte, consiste en la victimización de los no combatientes directos. Con todo, es posible observar que para poder hacerse efectiva la violencia ex- trema por parte de los agentes del Estado se utilizaron técnicas de desconexión moral hacia las víctimas, que implicaron procesos de expulsión de la comuni- dad moral de iguales. Los mecanismos de deshumanización del otro se hicieron habituales, lo que en parte explica el uso de distintas formas de violencia en una magnitud e intensidad que, en un contexto de paz, resultarían difíciles de imaginar, ya que los períodos de fuerte regulación llevan a que los conflictos no estallen en el uso de la violencia física intencionada y aniquilatoria, sino que se resuelvan de otros modos. No obstante, si bien la tesis de deshumanización del otro —de la alteridad negativa— es válida, al revisar los informes Rettig y Valech llama la atención que una parte importante de los usos de la violencia tuvieron un carácter íntimo, es decir, no deshumanizado. Por el contrario, quienes desde la pobla- ción se valieron de la violencia en forma indirecta —por ejemplo, mediante el proceso de delación y denuncias— por lo general conocían a sus víctimas; y es porque las conocían que convirtieron su deseo de generar daño —antes re- primido— en una posibilidad que la nueva situación de terrorismo de Estado hizo plausible. La violencia de tipo fratricida no es impersonal, sino íntima. De ahí que, para quienes la vivieron, y para los observadores, resulte aún más aterradora. Si consideramos, de acuerdo con lo planteado por el sociólogo Norbert Elias, que los procesos de racionalización que llevan a la constitución y evo- lución de los Estados modernos implican una tendencia a lo que Max Weber llamó el monopolio legítimo de la coacción física, debemos tener en cuenta que los contextos en los cuales ocurren las violencias antes enumeradas —y que normalmente calificamos de bárbaras— implican un colapso de los con- troles y autocontroles sociales del período «normal». 8 Estos ya no operan del mismo modo, por lo que cometer actos antes considerados atroces pasa a ser no solo posible, sino incluso premiado para ascender en jerarquía o ganar estatus en el nuevo contexto marcado por la violencia. «Sin Dios ni ley» es un ambiente que se puede describir como anómico, del que puede aflorar una cultura del embrutecimiento, que gatilla una espi- ral de venganzas y violencias grupales de distinto tipo. Exponerse de modo 8 Norbert Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas (Fondo de Cultura Económica, 1989); Max Weber, Economía y Sociedad (Fondo de Cultura Económica, 1999).
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