Lagar

80 Espino, algarrobillo y zarza negra, sobre mi único valle están ardiendo, soltando sus torcidas salamandras, aventando fragancias cerro a cerro. Mi vieja antorcha, mi jadeada antorcha va despertando majadas y oteros; a nadie ciega y va dejando atrás la noche abierta a rasgones bermejos. La gracia pido de matarla antes de que ella mate el arcángel que llevo. (Yo no sé si lo llevo o si él me lleva; pero sé que me llamo su alimento, y me sé que le sirvo y no le falto y no lo doy a los titiriteros). Corro, echando a la hoguera cuanto es mío. Porque todo lo di, ya nada llevo, y caigo yo, pero él no me agoniza y sé que hasta sin brazos lo sostengo. O me lo salva alguno de los míos hostigando a la noche y su esperpento, hasta el último hondón, para quemarla en su cogollo más alto y señero. Traje la llama desde la otra orilla, de donde vine y adonde me vuelvo. Allá nadie la atiza y ella crece y va volando en albatros bermejo. He de volver a mi hornaza, dejando caer en su regazo el santo préstamo.

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