Lagar
77 Nos sobran todas las cosas que teníamos por gozos: los labrantíos, las costas, las anchas dunas de hinojos. El asombro del amor acabó con los asombros. Nuestra dicha se parece al panal que cela su oro; pesa en el pecho la miel de su peso capitoso, y ligera voy, o grave, y me sé y me desconozco. Ya ni recuerdo cómo era cuando viví con los otros. Quemé toda mi memoria como hogar menesteroso. Los tejados de mi aldea si vuelvo, no los conozco, y el hermano de mis leches no me conoce tampoco. Y no quiero que me hallen donde me escondí de todos; antes hallen en el hielo el rastro huido del oso. El muro es negro de tiempo, el liquen del umbral, sordo, y se cansa quien nos llame por el nombre de nosotros.
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