Tala
74 A lo que hiero no hiero o lo tomo sin lograrlo, aventándome y cazándome burlas de aire… Cuando camino de vuelta, por encinas y pinares, todavía me persigue el aire. Entro en mi casa de piedra con los cabellos jadeantes, ebrios, ajenos y duros del aire. En la almohada, revueltos, no saben apaciguarse, y es cosa, para dormirme, de atarles. Hasta que él allá se cansa como un albatros gigante, o una vela que rasgaron parte a parte. Al amanecer, me duermo —cuando mis cabellos caen— como la madre del hijo, rota del aire…
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