Tala
17 No te cobro la inmensa promesa de tu cielo en niveles de mies; no te digo apetito de arcángeles ni potencias que me hagan arder; no te busco los prados de música donde a tristes llevaste a pacer. Hace tanto que masco tinieblas, que la dicha no sé reaprender; tanto tiempo que piso las lavas que olvidaron vellones los pies; tantos años que muerdo el desierto que mi patria se llama la Sed. La oración de paloma zurita ya no baja en mi pecho a beber; la oración de colinas divinas, se ha raído en la gran aridez y ahora tengo en la mano una nueva, la más seca, ofrecida a mi Rey. Dame Tú el acabar de la encina en fogón que no deje la hez; dame Tú el acabar del celaje que su sol hizo y quiso perder; dame el fin de la pobre medusa que en la arena consuma su bien. He aprendido un amor que es terrible y que corta mi gozo a cercén: he ganado el amor de la nada, apetito del nunca volver,
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