Ternura

22 La noche Por que duermas, hijo mío, el ocaso no arde más: no hay más brillo que el rocío, más blancura que mi faz. Por que duermas, hijo mío, el camino enmudeció: nadie gime sino el río; nada existe sino yo. Se anegó de niebla el llano. Se escogió el suspiro azul. Se ha posado como mano sobre el mundo la quietud. Yo no solo fui meciendo a mi niño en mi cantar: a la tierra iba durmiendo al vaivén del acunar…

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