Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

325 III. feminista que solo dan los años. Viajó por el mundo y se empapó con los pue- blos asiáticos. Antes estuvo un año becada en la Universidad de Co- lumbia, Estados Unidos, donde llegó en 1945, tres días después de lo de Hiroshima. Le bastó eso para constituirse en pacifista por vida. —¿Cómo luchaba en el memch ? Yo llegué unos años después que Elena Caffarena, Marta Verga- ra, María Marchant lo crearan en 1935. Estaba más bien dedicada a mis clases en el Manuel de Salas y a mi hogar recién creado. No mili- taba en nada, no tenía aún conciencia de lo que le pasaba a la mujer en Chile. Me bastaba con ser buena profesora en el liceo. Allí, otras profesoras me llevaron a una reunión del memch donde se discutía sobre el atraso en que estaban las mujeres. Me entusiasmó lo que de- cían y me metí. —¿Qué decían? De todo: que la mujer estaba incapacitada ante la ley; que debíamos luchar por una igualdad plena, por el divorcio; que debíamos plan- tearnos frente al aborto. En esos tiempos morían tantas mujeres por abortar y todo se escondía. No se podía decir. Eran temas tabúes. El memch los llevó a la palestra. El movimiento se inscribe en una eta- pa en que en todo el mundo la mujer luchaba por sus derechos su- fragistas. Pero nuestra lucha iba mucho más allá que votar. Tuvimos que luchar contra los ataques, especialmente de mujeres. —¿Cómo? Sí, de mujeres. Eran del sector más conservador de la sociedad chilena, pertenecían a las ligas católicas. Nos acusaban de inmorales, que destruiríamos la familia. Pedían nuestra excomunión a gritos. Nosotros respondíamos donde podíamos, en todas las tribunas: que esto significaba defender la familia, que queríamos hijos iguales, sin estas diferencias de legítimos, naturales, ilegítimos. Dígame usted, ¿es moral que hayan niños de tres tipos? A la persecución de las mujeres se agregaba la policía que enton- ces nos reprimía con lanzas y a caballo. A eso habría que agregar los maridos, que salvo unos con voluntad sabia, entendían esto. Mi ma-

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