Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

282 olga poblete Un día cada año para saludar, festejar, homenajear, estar junto a aquellas mujeres que siempre olvidamos, heroínas del trabajo coti- diano en la casa, en la producción, en los servicios. Un día al año siquiera para recordar que Chile es urbano y rural, continental e insular, nortino y austral y que las mujeres somos mo- renas, blancas, mestizas y mapuches. Un día al año para sentirnos latinoamericanas, internacionales y meditar sobre la dimensión extraordinaria de la solidaridad y el amor sin fronteras. Este 8 de Marzo de 1987 nos encuentra a las chilenas, cogidas en la vorágine de un proceso político social como nunca antes se vi- vió aquí. Han sido trastrocados los esquemas de la que fuera nuestra vida republicana. Nos rige una institucionalidad creada al margen de la soberanía del pueblo. Cada día amanecemos con una nueva deci- sión que nos cae desde la cúpula del autoritarismo, cuya seguridad la garantiza su discrecional empleo de la fuerza. De ahí que cada año, de los de más de trece transcurridos, sea el mes de marzo para nosotras, una ocasión renovada de dar máximo relieve a nuestra presencia –somos la mitad más uno de la población de Chile– y unir voluntades y sentimientos a fin de reabrir los espa- cios de expresión, participación, creación y desarrollo, que son las condiciones normales propias de cualquier orden social justo. Un 10 de abril de 1984, Vivian Motta, coordinadora de la Uni- dad de la Mujer en cepal, decía en su excelente y motivador discurso durante el acto con que este organismo de Naciones Unidas conme- moró el Día Internacional de la Mujer: «No es históricamente cierto que la lucha por la liberación de la mujer comenzara a principios de este siglo. Tiene una historia sin principio ya que ha existido siempre la insurgencia de la mujer». Una historia sin principio y de la cual en verdad sabemos bastante poco. Asombra la riqueza que logra rescatarse en cualquier intento que hagamos de escarbar en el pasado, aún en el más inmediato. Por eso cuanto hagamos para sacarlo a luz, nos renueva y recon- forta reafirmándonos en nuestra porfía milenaria por llegar a «ser» persona.

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