Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz
418 olga poblete religiosas o políticas contenidas en las películas, en los argumentos de las piezas teatrales, en las expresiones del llamado arte nuevo, que constituye otro agente más de impulso a la angustia y a la entrega derrotista, son apenas esbozos por donde se filtra minuto a minuto en nuestras vidas, la propaganda de guerra. Federico Joliot-Curie, en su informe señaló tal peligro: «Debería- mos denunciar a aquellos que incitan a la guerra y pedir que fuesen castigados por un tribunal internacional, aplicando la resolución que ya aprobara la organización de las Naciones Unidas». Examinemos unos de estos casos y pronunciemos nuestro juicio: Mr. Nance, Rector de la Universidad de Florida, declaraba recien- temente: «Considero que debemos prepararnos inspirándonos en la ley de la selva. Cada uno debería aprender el arte de matar. Yo no creo que la guerra debe limitarse a la acción de los ejércitos, de las flotas de guerra, de las fuerzas aéreas. No debe existir ninguna limi- tación en la elección de los métodos e instrumentos de destrucción. Yo aprobaría la guerra bacteriológica, el empleo de gases, las bombas atómicas o de hidrógeno, y las raquetas interplanetarias. Yo no inter- vendría en favor de precauciones con respecto a hospitales, iglesias, escuelas o grupos de población civil». Y veamos otro exponente de este mismo pensamiento. He aquí al General Anderson: «Que me den la orden y en una semana hago saltar los cinco nidos atómicos de los rusos... Y cuando comparezca ante Cristo le podré explicar que he salvado la civilización». Yo no creo que Mr. Nance y el Gene- ral Anderson hubieran llegado a extremos tan groseros y prepoten- tes de desprecio de la vida humana, si no hubiesen sido receptáculos fáciles para una implacable e histérica propaganda belicista. Admito que exista el desacuerdo en las ideas, las fuertes discrepancias, pero ni la más extrema de ellas puede autorizar al hombre, y menos cuando ese hombre ocupa posiciones sociales de influencia, para proclamar su furia destructiva e incitar a otros a imitarle. Las guerras se preparan no sólo en las fábricas de armamento o en las instalaciones para construir bombas atómicas, se preparan in- filtrando un veneno sutil en las conciencias, sembrando la descon- fianza, el temor y el odio, cargando al espíritu humano de feroces resentimientos.
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