Aguas abajo

74 tan solo a que un disminuir de la lluvia les permitiera echarse afuera para rápidos trajines. Eran apenas unas pocas horas hábiles. La luz se iba a media tarde y una vela encendía su llama vacilante, a veces, porque la mujer escatimaba ese lujo. Por lo ge- neral era suficiente el resplandor del fuego para hacer circular el mate y después se acercaban los jergones al rescoldo, uno para el hombre y la mujer, otro para la vieja y la muchacha, otro para los niños. Buscaban en la tibieza de las brasas una defensa contra el frío, que se hacía palpable, como si la noche lo empujara por las junturas de la puerta, por las rendijas de los ventanu- cos, por la ranura del techo y dentro de la habitación se pegara a los cuerpos. Los niños se dormían repentina- mente caídos en el sueño. La vieja rezaba largos rosa- rios, allegándose al calor de la muchacha y con el gato negro de las supersticiones echado sobre el cuello, entre las trenzas y el rebozo. El hombre y la mujer cambiaban rituales palabras, frases sueltas, oyendo cómo las respi- raciones iban haciéndose sonoras. —¡No! —Tán ormíos. —La Maclovia no… —Toos. —¿Y la vieja? —¿Ella? No importa…

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