QUIPOema
q. 186 alineado a la izquierda y el margen derecho libre e irregular. Sin embargo, en este libro la disposición de la escritura y las palabras se desenmarca de esa tradición. Al revisar sus páginas nos encontramos con texto impreso y manuscrito entremezclados y emparentados de una manera antes impensada, y distribuidos en la página-espacio de otras formas y con otro tipo de disposición: hilos con nudos-palabras como quipus, espirales de escritura como ovillos de lana, palabras liberadas en las páginas como nubes cruzando el cielo o espuma de olas formando semicírculos al borde del mar. Situándonos en la poesía de nuestra tierra, QUIPOema se ubica en las zonas liminares y experimentales de la neovanguardia chilena, que a partir de los años sesenta comienza a cuestionar la separación entre vida y arte ―entre sus participantes, Nicanor Parra y Enrique Lihn― y dan fruto a la escena del arte que nace en dictadura, con obras como la de Juan Luis Martínez, Elvira Hernández, Carmen Berenguer, Las Yeguas del Apocalipsis, Raúl Zurita y Diamela Eltit ―estos últimos dos parte del Colectivo de Acción de Arte (CADA), con el cual Vicuña colaboraría para su performance El vaso de leche ―. Así, para leer la subversión de los modelos y de las fronteras que nos propone QUIPOema, es necesario integrar la escena de la poesía en Chile con el resto de la poesía latinoamericana de la época, especialmente la que emerge en torno a los proyectos utópicos y las guerras y dictaduras que le siguen. Se trata de un libro que hace suya la liminalidad, el situarse en la frontera, el espacio entre medio o trans: Viajábamos en un viaje de olvido, olvidados de la unidad, juntos y separados a la vez, en un estado de trans, un pacto transitorio llamado «el viaje en bus». Desde un comienzo, tanto el contenido como el cuerpo del libro nos significa su ser entremedio y nos interpela a movilizar nuestras memorias, preconcepciones y a abrirnos a otras formas de sentir, pensar y ser. Esta
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