Prender fuego. Antología. Primer Concurso Latinoamericano de Cuentos Marta Brunet

127 —¿Quere callarse? ¿Quere callarse su boca? ¿Quere no meterse en lo que no l’importa? Eufrasia se volvió de perfil, apoyó los codos sobre las rodi- llas, juntó las manos dejándolas caer casi hasta tocar el suelo y se quedó muda e inmovilizada, con el cigarrillo colgando en un ángulo de la boca, adherido allí, y de pronto marcando la punta roja de su fuego. El hombre movía la cabeza de uno a otro lado, mascullando palabrotas, echando aviesas miradas de furor en contorno. Venancia recogió el mate, rodado en un rincón, la bombilla en otro sitio. Pero ¿cómo recoger la yerba desparramada? Se vol- vió a la abuela, que no le dio los ojos, aunque bien sabía que la estaba mirando y que, desesperadamente, la consultaba: en una mano el mate, en la otra la bombilla. Se volvió tímidamente al padre y al fin preguntó: —¿Le cebo otro mate? —No. Y naiden más toma mate esta noche. A la cama toos... Los cinco chiquillos que pelaban papas en el corredor, un instante levantaron la cabeza y por la puerta atisbaron den- tro, donde ya la noche alquitranaba el cuarto y el fuego ponía la mancha de sus largas lenguas humosas. Uno le dio con el codo a otro y murmuró: —¡Tá p’apaliarlo! —Cállate. —Menos mal que l’agüela... —Cállate... El hombre gritó, como si la violencia lo anegara de nuevo con su corrosivo veneno: —A la cama hei dicho... ¿Que no entienden?

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