Prender fuego. Antología. Primer Concurso Latinoamericano de Cuentos Marta Brunet
126 —Las cosas... Pero Eufrasia cometió la imprudencia de mostrar sus cartas. —Por los chiquillos no s’aflija. Yo me los llevo pa’ las casas a toos, a la Venancia tamién, y usté quea librecito, mesmamente que si juera soltero. El hombre terminó despaciosamente de sorber el mate y se lo entregó a Venancia, que, de pie, aguardaba inmóvil. —Los chiquillos son míos y del rancho no se los lleva nai- den. ¡Faltaba más!... —Pa’ usté sería una ventaja... —Ya le ije que los chiquillos no salen del rancho. ¿Entiende? Eufrasia terminó despaciosamente de liar el cigarrillo, agarró las tenazas y sacó un tizón del hogar, haciendo nacer una súbita pirotecnia que iluminó sus facciones de tierra dura y resquebra- jada, como de secano. —¿Y usté se le imagina que va’hallar mujer que quera ente- rrarse en estos andurriales, pa’ hacerse cargo, más encima, de seis chiquillos? Las cosas... Por el pecho del hombre empezó a crecer la violencia, como algo vivo que le anduviera en la sangre, que temblara en sus mús- culos, que refulgiera en la mirada torva fija en el fuego. —Y usté no es hombre pa’ pasarse sinmujer. Lo que me parece raro es qu’entuavía no haya salío a buscar alguna. Claro que otra como la Esperanza no va’hallar... La oía sin entender el sentido exacto de todas las palabras, ensordecido por la violencia que ahora le golpeaba en el cerebro. De repente sintió, sí, la necesidad de hacer algo: remecer el rancho hasta destruirlo, agarrar a la vieja y echarla de cabeza a la laguna... Bruscamente una de sus manos se extendió haciendo saltar el mate que Venancia le ofrecía.
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