Prender fuego. Antología. Primer Concurso Latinoamericano de Cuentos Marta Brunet
125 Pero a veces se amalgamaban hasta formar una sola nube gris y baja, y entonces la lluvia caía, persistente, interminable, desespe- rante. Aclaraba; apenas si había un día, dos, tres a lo sumo, de bonanza, y de nuevo empezaba el juego del viento y de las nubes, hasta que otra tormenta hacía desaparecer en los hilos de lluvia la montaña y la laguna, aislando a la familia en el encierro del ran- cho, en lentas, interminables horas, días, semanas, indistintos, abrumadores hasta la atonía. Para la abuela siempre había actividad. Quehaceres domés- ticos. Costuras. Tejidos. Enseñar a los niños. El hombre se iba a uno de los cobertizos y con el hacha en un constante revoleo brilloso, picaba leña para el hogar, que debía mantenerse siem- pre encendido, evitando que el frío se metiera en los huesos hasta entumecer. Pero todo trabajo cobraba mecanismo. Se hacía sin gusto, sin disgusto también. Se hacía. Lo demás era el tozudo caer de la lluvia, el grito del viento, el retumbo de un árbol derribado en la montaña. Y esperar que la lluvia se hiciera menos agresiva, que la rastra del viento sur se llevara los nubarrones. La peor tempestad empezó dentro del rancho una tarde en que la abuela dijo: —Cuando usté se güelva’casar... —mirando al hombre bien de frente. Bernabé removió la cabeza, tortuosamente en los movimien- tos y en las ideas. —¿Golverme a casar? —Sí, es claro. Un viudo no sirve pa’ na’. Usté es joven entua- vía. Un hombre con rancho tiene que tener mujer propia. —¡Je! —gruñó, quedándose perplejo. —Ya le tendrá echao el ojo’alguna —continuó la abuela, liando un cigarrillo.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=