Prender fuego. Antología. Primer Concurso Latinoamericano de Cuentos Marta Brunet
124 Pero en la abuela el reconstruir lo que había sido la existencia de Esperanza en esos años, hecho a través de las historias intermi- nables de los niños, se convirtió en palos, virutas, estopas, montón al cual ella sentía, con una especie de frío miedo, que en cualquier momento iba a prender el fuego de su viejo rencor, que era ahora odio por el hombre. Decía un niño: —Allí, en la montaña, ebajo del roble con copigües, enterraba el taita a las guagüitas. O decía Venancia: —Si se lo pasaba encima d’ella y despué era el lamientarse porque s’embarazaba. Y otro de los niños añadía: —A veces ella lloraba harto y gritaba. ¿Te acordái? —Y la vez que la Venancia jue y le gritó: «Ejela, éjela, no ve que s’está muriendo». —Y la tunda qu’él le dio. —¿A quén? —preguntó la abuela. —A la Venancia, pus, por intrusa. Eufrasia no hablaba de irse. Bernabé no decía que se fuera. De las casas no había noticia alguna. Empezó el invierno. Viento que bajaba de la cordillera, afi- lado y silbante, cortando las hojas y burlándose de las desnudas ramas de los árboles. No se oía el insistente barullo de las cachañas y tan sólo algún lento pájaro de presa rayaba el cielo con la rúbrica amenazante de su vuelo. Pájaros que no contaban con Eufrasia, su honda y su prodigiosa puntería que los alcanzaba, y era entonces la algarada de los niños buscando el ave muerta por valle y montaña. Las nubes llegaban del norte, negras, grises, blancas; se con- fundían, hacían y deshacían arquitecturas monstruosas, se iban.
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