Prender fuego. Antología. Primer Concurso Latinoamericano de Cuentos Marta Brunet
123 en una súbita emoción. Lo que faltaba era que fuera a morirse no más. Estaba tan flaquita, tan blanca, tan sin fuerzas cuando se despidió de ella. El doctor le había dicho que volviera a verla pasado un mes. Bueno... Así era la vida... Y la vieja ahora en el rancho. ¿Por qué el patrón se metía en cosas que no le importa- ban? ¿Por qué había mandado a la vieja al rancho? Su rancho era suyo. Faltaba más... Echó otra mirada en contorno, sostenida, deteniéndose en cada cosa. Cuando llegó a la máquina, sin vol- verse, dijo despaciosa y trabajosamente: —Parece que se trajo toas sus pilchas. ¿Qué se le imagina que va a vivir pa’ siempre en el rancho? —Mientras el patrón no mande otra cosa... El hombre masculló algo y siguió mirando. También era cierto que él, solo con la chiquillería y con aquella Venancia que no sabía hacer nada, tan quedada para todo, tan sin asunto... Miraba ahora, ceñudo, el candil que la vieja encendía. —No soy gustoso d’esos lujos —dijo atascado con las pala- bras más que nunca, porque estaba furioso. —Los pago yo —contestó la vieja firmemente. Una semana después vino un recadero de la hijuela Primera. Habían avisado del hospital que Esperanza estaba gravísima. Partieron ambos, el recadero y Bernabé y días después regre- saba el hombre, como si de golpe la cabeza se le hubiera ente- rrado entre los hombros y los brazos colgantes. Esperanza había muerto. La vida giró por un tiempo en torno a la ausente. Se hablaba de la «difunta», los niños tenían largas confidencias con la abuela y hasta el hombre, alguna vez en que el recuerdo lo aho- gaba, decía algunas palabras en que volcaba su tristeza.
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