Prender fuego. Antología. Primer Concurso Latinoamericano de Cuentos Marta Brunet
121 Ya hablé por teléfono con el mayordomo para decirle que advierta a Bernabé que usted estará cuidando a los niños por orden mía. —Gracias —pareció aliviada, como si las olas que continua- ban pegándole en el pecho se hubieran de pronto vuelto mansas. No habló una palabra más. El mozo que hizo con ella el camino la miraba de soslayo, un poco incómodo con esa compañía silenciosa, admirado al propio tiempo por la entereza de Eufrasia, que aguantaba barquinazos, polvo y viento, calor, sed y fatiga, sin una protesta. Doña Cantalicia tenía noticias nuevas. —Mi viejo telefoneó pa’l hospital, por orden del patrón, no se le imagine que por novedosear nosotros. Habló con la Madre Superiora, que le’ijo, después de muchas demoras pa’ consultar al doutor, que a la Esperanza tenían que operarla del interior, usté sabe, y que icía el doutor que una vez que la operaran tenía por lo menos pa’ un mes de cama y que después d’ese mes él vería si la ejaba o no irse pa’l rancho. Que no es bien grave lo que tiene, pero qu’es grave. La vieja apretó los labios, presentó el perfil por sobre el cual sintió que pasaba un hálito de pozo, y no dijo nada. No parecía haberle hecho mella el cansancio al llegar a la laguna. Inmediatamente ordenó el revoltijo que era todo, sucio y despatarrado. Empezando por Venancia y los cinco hermanitos. Que, llenos de azoro, no sabían qué actitud tomar ante esa abuela que aparecía sin anuncio previo y de cuya existencia tenían tan vagas noticias. Una abuela que los miraba sostenidamente, que sobre la cabeza de cada cual fue poniendo, una mano con gesto que no alcanzaba a ser una caricia, sino una especie de toma de pose- sión, a la par que le preguntaba el nombre. En seguida examinó
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