Huella y presencia (tomo VI)

tal, se hizo cargo de las interconsultas, siendo nombrado poco des- pués J efe de Servicio de Oncología (que no existía en el organigra- ma del hospital). Vimos en cortjunto a mi paciente Sandra Libe rona , hoy curada de una Enfermedad de Hodgkin, etapa IV, mediante quimiotera- pia y radiote rapia. Alentado por ese éxito, seguí llamando en interconsultas al Dr. Gebert y viendo pacie ntes con él e n las tardes. El me estimulaba a estudiar a lgunos temas hasta que me ofreció gestionar mi traslado a Oncología. Como el Servicio de Oncología no exis tía como ta l, tuve que ser contratado por el Departamento de Cirugía con el apoyo de mi com- patriota y amigo el Prof. Dr. Atlila Csendes, Directo r del De parta- mento en ese momento. Ya posesionado de un cargo de 44 horas semanales desde el 1 de enero de 1980 me lancé a estudiar y ver pacientes oncológicos has- ta que en marzo del mismo año el Dr. Gebert me anuncia que es designado Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de la Frontera (ex sede regional de la U. de Chile en Temuco). Ante mi desolada pregunta de adolescente de treinta años de qué va a ser de mí, su respuesta fué "tú te haces cargo de Oncolog ía" y así fué. Pre tenciosamente yo digo que Oncología en elJ. J. Aguirre nace el 1 de en ero de 1980, día de mi traspaso a este Servicio. Aquí comienza una serie de episodios de cuya a cuc ios idad cronológica no respondo y talvez no interesan. En algún momento de los "early '80s" un Directo r del hospital muy joven, designado por el Rector Delegado, me citó a su oficina. Me dijo que yo lo estaba haciendo muy bien pero que él necesitaba un Oncólogo con "más horas de vuelo". La respuesta que me ha quemado el a lma todos estos años es que e l hospital también necesitaba un Direc tor "con más horas de vue- lo", pero los tiempos no estaban para chistes y menos para verdades. En todo caso ese Oncólogo con "más horas de vue lo" no existía en Chile, talvez Orlandi o Kleinman que tenían un par de años más que yo pero que estaban muy ocupados en sus respectivas instituciones. Así entonces continuó el servicio bajo mi "experimentada" con- ducción ante la indiferencia de la mayor parte de l hospital y sus Directores (con la notable excepción del Dr. Csendes quien conti- nuaba apoyándome). Dicha indiferencia terminó cuando el Prof. Dr. Eduardo Rosselot 85

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