Huella y presencia (tomo II)
Dr. SERGIO PUENTE ros legítimos del trío "Los Panchos" que,junto a los jóvenes Frank Sinatra y Pedro Vargas, eran las figuras emergentes del "Hit Parade", audición radial esperada con fascinación por la juventud de los años 40. Yun CentroJuvenil de Maipo artístico y literario que tenía entre sus componentes, a Fernando Garrido (que terminó como Director de la Escuela de Ciencias Forestales, allá e n Antumapu) y Pancho Cumplido (más tarde Ministro de Justicia y Secreta- rio General de la Universidad de Chile). El año anterior había escuchado un Concierto del Coro de la Universidad de Chile y su música me maravilló. Por lo que ingresé este año y me sumé a unos setenta coristas que acudían, dos tardes por semana, a un amplio salón en Bellas Artes donde Mario Baeza realizaba, con gran sacrificio, sus ensayos. Digo "sacrificio" porque ni la Universidad ni el Gobierno le prestaban una ayuda significativa. El magro sueldo que Mario y su ayudante, Hugo Villarroel percibían, sólo les alcanzaba para su supervivencia, que completa- ban con clases en liceos. Eramos nosotros, los coristas, quienes financiábamos nuestras propias partituras y uniformes. El Coro es una actividad muy especial pues el Director debe enseñar todas las voces, seleccionar el repertorio, adaptar las cuerdas, escribir la música, y pasar largas horas preparando cada cuerda. Luego viene n los ensayos gene- rales para pulir las interpretaciones y enseñar vocalización. Todo esto hace que, a menudo, el Director se desespere cuando algo no sale bien y quienes "pagan el pato" son los coristas. En esa época eran famosas las rabietas de Arturo Medina, con su Coro Polifónico de Concepción, el mejor Coro del país en esos años. En otras palabras, los coristas pertenecen a un grupo donde tienen que pagar para ensayar y actuar y, encima, aceptar los gritos y retos del director. Pero todo es tolerado porque, para el corista, la música es su "amante" y, en consecuencia, se le acepta todo. Ensayamos duro esos dos años y medio, pues el año 1950 iríamos al Norte, en gira hasta Arica.Justo e n 1949 la Universidad parece que escuchó mi queja y nos arrendó una casona en Lira 150, la que acondicionamos con muebles, vajillas y demases traídos de nuestras casas. Durante varias décadas tomé onces en una vajilla color café, de Tomé, sacada subrepticiamente de mi casa. Y, por mucho tiempo, mi mamá se devanó los sesos tratando de entender esa desaparición, adjudicándola finalmente a algún ladrón "selectivo" ... La gira al Norte resultó el año 1950, viajando en el crucero Prat y ofreciendo conciertos desde Arica hasta Copiapó. Llevábamos, con nosotros, a un inteligente muchacho iquiqueño. Lo llamábamos "Yodo" y había sido acogido, por Mario, en una pieza de nuestro local. Estaba encargado de un número de títeres que, pronto descubrimos, arrancaba más aplausos que nuestro elaborado repertorio coral y que e l conjunto folklórico. El muchacho se llamaba (y todavía se llama) AlejandroJodorovsky y todos saben cómo creó los mimos en Chile, que opacó, en Francia, al mismísimo Marcel Marceau y que, de vez en cuando, vuelve a su patria con libros de poesía, narraciones esotéricas, Tarot y películas a su haber. 91
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