Huella y presencia [tomo I]

Dr. ARMANDO ROA su ímpetu máximo en el campo de la medicina, encargada desde los albores de la civilización, de velar por la preservación de la salud y el alejamiento de la muerte. Ahora bien, aquí surge el malestar profundo de la medicina contem- poránea; por un lado siente como un atractivo deber cultivar la tecnología y ser actora de su desarrollo; pero la tecnología exige para su dominio la parcelación del hombre en trozos cada vez más pequeños, trozos de cuya suma no resulta un hombre entero. Por lo demás cada médico sólo man- tiene señorío en ese pequeño distrito, y ni siquiera se preocupa de aquella suma, pues no podría sumar lo que ignora, sin embargo, algo lo perpleja, el sentirse infiel a lo que le atrajo a su vocación de médico: velar por la salud del hombre entregado a su cuidado, encontrarle sentido a su vida, tratarlo como persona y no como cosa. Quien se pone en sus manos es alguien sufriente, angustiado, temeroso de su porvenir y del de los seres a su cargo, y que desea mejoría, consuelo, esperanza, enmarcados en el lógico deseo de saber cuál es su diagnóstico y tratamiento y los posibles resultados de dicho tratamiento. Desea que esose le explique de manera clara ysencilla, ysentir que el médico solidariza con él, hace todo lo posible por mejorarlo como si se tratara del médico mismo y que cada vez que le visita le habla de su mal y le da a entender con cariño, de igual a igual, los motivos de los avances y retrocesos de la enfermedad. El médico no puede renunciar a escuchar los problemas revelados por el paciente, pues para éste, es la única voz autorizada, que conociendo a cabalidad su situación y su futuro próximo, puede propor- cionarle un consejo válido y salutífero, tanto más, cuanto que Cree en el afecto del médico a su persona, pues lo estima una retribución natural a la confianza puesta en él al ser escogido entre muchos otros. Para cumplir con ese deber el médico debe amar a la persona y más aún a la persona desvalida, pero para amar algo es preciso conocerlo en sus dimensiones más profundas, de otro modo ese algo se convierte en objeto comercial, en objeto erótico, en objeto que da prestigio, o en el mejor de los casos -también poco ético-, en un nuevo caso para investigar científicamente, o para probar un tratamiento, sin que ello, para que sea legítimo esté subsumido en el amor a ese hombre particular que será utilizado para tal experiencia. Todo esto es talvez más importante que la llamada autonomía del paciente que propicia la bioética norteamericana y que es el derecho del paciente a decidir por su propia cuenta el tratamiento que desea, dentro de lo que le propone el médico, autonomía que corre serios riesgos de distorsionarse si no se basa en el respeto a principios éticos fundamen- tales. El hombre no puede ser conocido sólo desde las ciencias experi- mentales; aun en el supuesto imaginario de que un médico en un futuro razonable fuese capaz de conocer exhaustivamente las estructuras morfo- 125

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