Huella y presencia [tomo I]
Dr. ARMANDO ROA felicidad hecho a plena satisfacción. El hombre moderno era más bien un profeta, el postmoderno se considera un demiurgo, como el de los viejos sueñosde Plotinoy los neoplatónicos, queera soberanocreador de mundos. El hombre ha sido siempre técnico; eso lo diferencia de los animales; cada nuevo invento, desde la producción a voluntad del fuego o de la rueda, hasta la invención de la pólvora, de la imprenta, de la navegación a vapor, de los ferrocarriles, de la luz eléctrica, de la fotografía, del teléfono, del cine, de la radio, lo ha llevado, no sólo a escapar de las penurias de la naturaleza y a gozar más de la existencia, sino a nuevos modos de concebir la realidad, a cambios culturales importantes. Lógicamente el espacio, el tiempo, la tierra, el cielo, el mar, se perciben distintos, como se percibe distinto el contacto con otros pueblos u hombres, si se viaja sólo a caballo o se usa tren o avión; no es lo mismo disponer como único medio de comunicación a distancia de la carta o del emisario, que disponer del teléfono o de la radio. No es igual conservar fielmente el pasado sólo a través del relato, que a través de la fotografía o el cine. Hasta llegar a nuestro siglo, la técnica facilitaba y acrecentaba enormemente la satisfac- ción de necesidades habituales, para lo cual antes se recurría a medios mucho más rudimentarios y de infinito menor rendimiento; en ningún caso estas técnicas nuevas suplantaban, sin embargo, al hombre mismo y sus necesidades espirituales de intuir un mundo propio a través de la lectura, de las artes, las ciencias, los viajes, el contacto vital con la naturaleza virgen. El hombre sentía que _la técnica cubría una parte valiosa de sus necesidades , pero en ningún caso, cubría las necesidades primordiales de tener una visión personal de la realidad, de comprender por dentro y en la medida de lo posible el transcurso de la historia, la evolución de las especies vivas, la causa de las injusticias sociales, el sentido de la e•xistencia. El hombre experimentaba a fondo la contingencia y la caducidad de la vida y por lo mismo se encontraba en deuda con los demás que ayudaban a tal existencia y sentía entonces que debía su paso por la tierra a un mero don gratuito, no a una necesidad forzosa, y por lo tanto debía corresponder a esa dádiva, haciendo algo personal que fuese en bien de los otros. En esta edad tecnológica postmoderna, en cambio, el ser humano está absorto y a la espera inmediata de descubrimientos que le solucionen todos los problemas que causan angustia y dolor, como lo son la vejez, la enfer- medad invalidante o incurable, la posible anormalidad de los hijos, yquizás, si hasta la muerte. En vez de preocuparse por el sentido de la vida como ocurría antes, sentido dentro del cual el sufrimientojugaba un importante papel, una nueva frase se ha convertido en el paraíso a resguardar; se enuncia en dos palabras mágicas: calidad de vida. Lo que importa ahora no es la vida sino su calidad, entendiendo por calidad, el goce activo de los placeres sensoriales y eróticos, y el dominio de los órdenes del prestigio, del poder y del dinero. En consecuencia quedan marginados de lo humano las personas de edad, los enfermos graves incurables, los niños defectuosos, 123
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